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viajar a chiang mai con niños

Viajar a Chiang Mai con niños

Que no te digan que no se puede viajar a Chiang Mai con niños. Hay viajes que empiezan con una foto bonita y otros que empiezan con un adulto sudando mientras intenta doblar un carrito, sujetar una mochila, vigilar un pasaporte y convencer a un niño de cinco años de que un aeropuerto no es el mejor sitio del mundo para echar a correr. Nuestro viaje a Chiang Mai, en enero de 2026, empezó un poco así.

Íbamos en familia, con una pareja y tres niños pequeños —cinco años, tres años y seis meses—, y antes de salir había una pregunta flotando en el ambiente que seguro que también se hace mucha gente: ¿de verdad es buena idea viajar a Tailandia con niños tan pequeños?

La respuesta, después de vivirlo, es sí. Pero no porque sea un destino perfecto ni porque todo salga rodado. La respuesta es sí porque Tailandia, bien organizada, puede ser mucho más fácil de lo que imaginas para una familia.

Chiang Mai, en concreto, nos pareció una ciudad muy amable para viajar con niños: más tranquila que Bangkok (nuestro siguiente destino), con distancias asumibles, un ritmo más llevadero, buena oferta de alojamientos y ese punto de aventura que hace que los adultos sientan que están descubriendo algo y los niños crean que están dentro de una película.

Antes de ir, es normal tener ciertos miedos: el vuelo largo, la comida, el calor, los traslados, el bebé, el cansancio, las rabietas, los horarios rotos, las maletas infinitas. Todo eso existe. No voy a vender humo. Pero también te digo una cosa: muchas veces el miedo a viajar con niños es bastante peor que el viaje en sí. Cuando bajas el nivel de exigencia, asumes que habrá momentos caóticos y entiendes que no vas a “hacerlo todo”, el viaje cambia por completo.

Chiang Mai no fue un viaje de correr de templo en templo con un café en la mano y una guía doblada en el bolsillo. Fue otra cosa. Fue un viaje más humano, más lento, más táctico y, precisamente por eso, más memorable.

Hubo biberones, siestas descolocadas, niños rendidos a media tarde y planes que hubo que adaptar sobre la marcha. Pero también hubo mercados, sonrisas, tuk-tuks, comida rica, rincones preciosos y esa sensación tan bonita de estar enseñándoles el mundo mientras tú también lo descubres.

En este artículo no quiero contarte Chiang Mai desde la fantasía del viajero sin límites. Quiero hacerlo desde un lugar bastante más útil: la experiencia real de una familia viajando con tres niños pequeños por el norte de Tailandia. Con lo bonito, con lo incómodo, con los trucos que sí funcionan y con esos errores que, si puedes evitarlos, mejor.

Contenidos

Viajar a Tailandia con niños no empieza cuando aterrizas. Empieza bastante antes, en casa, cuando te das cuenta de que una escapada en pareja y un viaje intercontinental con un bebé y dos niños pequeños son deportes completamente distintos.

En nuestro caso, una parte importante del viaje se jugó antes de salir: revisar documentación, pensar bien la logística y asumir que, con tres niños, la organización no te quita espontaneidad: te da libertad.

Con Tailandia suele pasar algo curioso: mucha gente imagina que hay una lista interminable de vacunas obligatorias y un nivel de riesgo enorme, y no es exactamente así. Para viajeros que salen desde España y hacen una ruta turística habitual, no hay una vacuna obligatoria general para entrar en Tailandia. La excepción importante es la fiebre amarilla, cuyo certificado se exige a viajeros de 9 meses o más si llegan desde países con riesgo de transmisión.

Las recomendaciones sanitarias concretas dependen mucho de la zona, la duración del viaje y el tipo de ruta, así que lo sensato es consultarlo antes en un centro de vacunación internacional. También conviene revisar que los niños lleven al día el calendario vacunal sistemático; en viajes internacionales, además, sigue siendo especialmente relevante tener al día la triple vírica en el contexto actual de sarampión.

Dicho de forma práctica: antes de un viaje así, no improvisaría. Haría una consulta previa con pediatra o centro de vacunación internacional, sobre todo viajando con un bebé de seis meses. No por alarmismo, sino por tranquilidad.

Ir sabiendo que llevas lo básico revisado te quita una carga mental enorme durante el viaje. En nuestro caso, nos dijeron en el Centro de Vacunación Internacional que era altamente recomendable Hepatitis A y Fiebre tifoidea.

Nosotros viajábamos con un bebé alimentado con biberón, así que había una parte de la organización que no admitía romanticismo viajero. Había que pensar en tomas, agua, tiempos, descanso y en cómo movernos sin ir cargados como una mudanza ambulante. Ahí hubo un acierto clarísimo: llevar un carrito con patinete acoplado + mochila portabebés.

Parece un detalle menor hasta que llevas varias horas entre aeropuertos, colas, controles y traslados. Entonces entiendes que no era un accesorio: era casi infraestructura crítica. Nos permitió movernos mejor y, en más de un momento, incluso llevar a los tres niños “apilados” como podíamos cuando llegaban al límite del cansancio. No era una imagen especialmente glamurosa, pero sí extremadamente eficaz (más de uno se giraba para ver el espectáculo logístico)

Con niños de cinco y tres años, el problema no suele ser solo caminar. El problema es caminar cuando ya han caminado demasiado, cuando hace calor, cuando toca esperar, cuando el bebé también necesita algo y cuando tú ya no sabes si llevas encima una mochila o una pequeña vivienda portátil. En ese contexto, cualquier solución que reduzca brazos, peso y discusiones merece un monumento.

A nivel práctico, hubo varias ideas que ayudaron mucho:

Llevar la logística del bebé muy pensada.
Con un bebé de seis meses, no puedes dejar para “ya veremos” todo lo relacionado con biberones, tomas, recambios y ritmos de descanso. No hace falta cargar con medio supermercado, pero sí tener claro qué necesitas a mano y qué no puede ir perdido en una maleta facturada. Es clave localizar un Seven Eleven cerca del hotel, los supermercados

Aceptar que el equipaje de mano no era negociable.
Cuando viajas en familia numerosa, el equipaje de cabina deja de ser una cuestión estética. Se convierte en tu kit de supervivencia: ropa de cambio, pañales, comida, algo de entretenimiento, básicos de higiene y lo imprescindible por si una maleta tarda más de la cuenta.

No sobrecargar el itinerario desde el primer día.
Uno de los errores más típicos al viajar con niños es diseñar el viaje como si todos fuéramos adultos con energía infinita. Nosotros aprendimos muy pronto que cada trayecto largo consume más de lo que parece. Así que llegar, instalarse y bajar revoluciones era una inversión, no una pérdida de tiempo.

Pensar el viaje en bloques, no en jornadas perfectas.
Con niños pequeños, el día perfecto casi nunca existe. Lo que sí existe es una buena mañana, una comida tranquila, una siesta salvadora o una tarde que sale mejor de lo esperado. Cambiar esa mentalidad ayuda muchísimo.

Si vas a viajar a Chiang Mai con niños pequeños, intenta ir con una idea bastante simple en la cabeza: no vas a hacer menos viaje; vas a hacer otro tipo de viaje. Y cuando aceptas eso, dejas de pelearte con la realidad.

Con niños, Tailandia no se vive peor. Se vive distinto. Más despacio, más atento, más pendiente de los ritmos de todos. Pero también con una intensidad especial. Porque donde tú ves una calle bonita, ellos ven una aventura. Donde tú ves un traslado pesado, ellos ven aviones, luces, cintas de equipaje y una ciudad nueva al otro lado.

viajar con niños por chiang mai

Nuestro viaje empezó saliendo desde Madrid, con escala en Dubái y llegada al aeropuerto internacional de Bangkok. Hasta ahí, todo tenía ese aire de gran viaje que mezcla emoción y cierta inconsciencia. A esas alturas todavía conservas una fe bastante enternecedora en frases como “bueno, ya dormirán en el avión”.

Después de aterrizar en Bangkok vino una de esas partes logísticas que conviene tener claras cuando viajas a Tailandia: según la combinación de vuelos, puede tocar cambiar de aeropuerto dentro de la propia capital.

Lo más habitual es llegar al gran aeropuerto internacional, Suvarnabhumi (BKK), y después enlazar con un vuelo doméstico a Chiang Mai, que a veces sale desde Don Mueang (DMK), muy utilizado por aerolíneas de bajo coste. Ese pequeño detalle, cuando viajas solo, es una anécdota. Cuando viajas con tres niños pequeños, ya es casi una gymkana diplomática.

El tercer avión del trayecto fue ya el definitivo: el que nos llevaba al norte, a Chiang Mai. Sobre el mapa parece un salto sencillo. En la práctica, después de la salida desde Madrid, la escala, la llegada a Bangkok, el cambio de ritmo y toda la logística familiar, ese último vuelo se siente como la puerta de entrada a la aventura de verdad.

Y entonces, por fin, llegamos.

Aterrizamos en Chiang Mai International Airport (CNX) a mediodía. Ese momento tuvo algo muy concreto que quienes viajan con niños entienden bien: no fue una llegada épica, fue una llegada de alivio. Ya no estábamos “en tránsito”. Ya no tocaba correr entre puertas, vigilar pantallas o recolocar mochilas a contrarreloj. Ya estábamos allí. En Chiang Mai.

En esta época del año (enero) no hacía mucho calor, con cansancio, con tres niños y con la sensación de que ahora sí empezaba el viaje de verdad.

Nos instalamos en un hotel cerca del centro llamado Baan Sang Singh, una decisión que, viajando en familia, me parece bastante inteligente en una ciudad como Chiang Mai. Estar bien situado reduce desplazamientos, simplifica mucho las salidas y te permite volver con relativa facilidad cuando uno necesita descansar, otro comer y el tercero simplemente dejar de existir socialmente durante una hora.

Ese primer día no era para exprimir la ciudad. Era para tomar tierra. Para ordenar maletas, ubicar referencias, bajar pulsaciones y empezar a entender el ritmo del lugar. Chiang Mai no nos recibió con estridencia, sino con esa sensación amable de ciudad que no te empuja, sino que te deja entrar poco a poco.

Y quizá eso fue lo mejor de aquella llegada.

Después de instalarnos en el hotel, un hotel familiar con piscina que enseguida se convirtió en nuestra pequeña base de operaciones en Chiang Mai, salimos a dar una vuelta por el centro. Era el primer contacto real con la ciudad más allá del aeropuerto, las maletas y el cansancio acumulado del viaje. Y también el momento en el que entendimos una de las primeras verdades prácticas de Chiang Mai con niños: moverse con carrito no siempre es tan cómodo como uno imagina.

Si viajas con carrito, conviene ir mentalizado. En muchas zonas las aceras brillan por su ausencia, son irregulares o están ocupadas, así que toca caminar con bastante atención y asumir que parte del trayecto se hace casi compartiendo espacio con coches, tuk-tuks y motos.

No fue algo dramático, pero sí un detalle importante. Nosotros lo salvamos bastante bien con una estrategia sencilla: un adulto iba por delante abriendo paso y controlando el entorno, mientras el otro empujaba el carrito con más margen. Parece una tontería, pero en una ciudad así marca la diferencia.

También descubrimos pronto que los pasos de cebra se respetan… digamos que con cierta flexibilidad creativa. No es el tipo de lugar donde uno pisa confiado pensando que el tráfico se detendrá con solemnidad.

Hay que mirar, calcular, esperar el momento y cruzar con decisión, pero sin hacer locuras. Ese pequeño punto de tensión al principio impone un poco, sobre todo si vas con niños, aunque al cabo de unas horas empiezas a leer mejor el ritmo de la calle y a moverte con más soltura.

Aun así, lejos de agobiarnos, ese primer paseo tuvo algo muy estimulante. Chiang Mai nos empezó a entrar por los sentidos: el ruido suave del tráfico, los puestos, la luz de la tarde, el ambiente del centro y esa mezcla tan particular entre lo cotidiano y lo exótico que tienen algunas ciudades asiáticas cuando las visitas por primera vez. Todo parecía nuevo, pero no hostil. Solo distinto.

Aquella noche fuimos a cenar a un restaurante del centro y, como buenos padres en modo supervivencia, teníamos clara la prioridad del menú: que nada picara demasiado.

Viajar a Tailandia con niños también tiene eso, una negociación constante entre la emoción gastronómica del adulto y la necesidad muy real de que el niño no se eche a llorar tras el primer bocado. En esos primeros días, más que lanzarnos a experimentar, intentamos movernos con prudencia y elegir platos sencillos, suaves y fáciles de compartir.

Fue también durante esa primera cena cuando empezamos a notar una de las cosas más agradables del viaje: la simpatía de la gente tailandesa. Había una amabilidad muy natural, una sonrisa constante, una manera de tratarte que no parecía impostada. No era solo cortesía turística. Era una sensación bastante general de calidez.

En muchos sitios, además, había música en directo, lo que le daba a la noche una atmósfera muy agradable, muy viva, pero sin resultar agobiante. Para una familia que acababa de aterrizar tras un viaje larguísimo, aquello fue casi perfecto: ambiente, movimiento, pero sin necesidad de hacer grandes planes.

Otro detalle que llevábamos muy controlado desde el primer minuto era el tema del agua. Con niños pequeños, y más aún con un bebé, no nos apetecía jugar a la ruleta del “seguro que no pasa nada”. Así que fuimos bastante estrictos con eso desde el principio. Siempre llevábamos una botella grande en el carrito, y procurábamos estar pendientes de ese tipo de cosas sin obsesionarnos, pero sin relajarnos demasiado tampoco. En este tipo de viajes, muchas veces no se trata de vivir con miedo, sino de reducir riesgos tontos.

El hotel también ayudó mucho a que la llegada fuera amable. Era de esos alojamientos que, cuando viajas con familia, agradeces de verdad: ambiente tranquilo, piscina, gente de distintos países, sensación de estar en un lugar cómodo y no simplemente en una habitación para dormir. Tenía además ese punto humano que a veces hace que recuerdes un sitio con más cariño que por el diseño o la ubicación. Estaba gestionado por una familia finlandesa que se enamoró completamente del bebé casi desde el primer momento.

Aunque, siendo honestos, luego entendimos que no eran los únicos. En Chiang Mai nos dio la impresión de que los bebés occidentales despiertan una ternura inmediata. No sé si era por sus facciones, por la novedad o simplemente porque el nuestro estaba especialmente mono, pero lo cierto es que generaba sonrisas, miradas cómplices y comentarios cariñosos allí por donde pasábamos. Y eso, lejos de incomodar, nos hizo sentir muy bien acogidos.

Aquella primera tarde-noche fue, sobre todo, una toma de contacto. No hicimos nada espectacular. No vimos todavía grandes templos ni montañas ni mercados legendarios. Pero pasó algo igual de importante: empezamos a acostumbrarnos. A la ciudad, al ritmo, al clima, a la logística, a la sensación de estar muy lejos de casa y, al mismo tiempo, bastante bien.

Después de la cena, volvimos al hotel y nos fuimos a la cama tempranito. No había ninguna intención heroica de aguantar despiertos hasta una hora razonable. Con tres niños y jet lag, la prioridad era otra: dormir, recolocar el cuerpo y tratar de levantarnos al día siguiente lo más frescos posible. En viajes así, descansar no es perder tiempo. Es preparar el terreno para disfrutar de verdad lo que viene después.

Y así terminó nuestra primera jornada en Chiang Mai: con algo de cansancio, bastante ilusión y la sensación de que la aventura, ahora sí, acababa de arrancar.

chiang mai templo

Después de instalarnos en el hotel, hicimos lo que probablemente hace cualquier familia cuando por fin deja las maletas, se recompone un poco y siente que ya ha sobrevivido al viaje largo: salir al centro a ver qué pasaba.

Fuimos en taxi porque, aunque sobre el mapa no parecía tanto, andando estaba a unos veinte minutos y con tres niños pequeños aprendimos enseguida una norma básica del viaje: hay distancias que no se miden en metros, sino en energía disponible.

Aquel trayecto, además, nos sirvió para descubrir una de esas cosas pequeñas que luego acaban marcando el tono del viaje. Allí el taxi funcionaba un poco como una versión local de Uber, práctica y cómoda, y el precio nos pareció bastante parecido al del tuk-tuk. Pero claro, una cosa es moverse y otra muy distinta es convertir un desplazamiento en una aventura.

Y ahí el tuk-tuk gana por goleada.

Viajar con niños tiene algo maravilloso: ellos convierten en extraordinario lo que los adultos a veces estropeamos intentando volver normal demasiado pronto. Para nosotros, un tuk-tuk podía ser un medio de transporte pintoresco. Para ellos, era una expedición. El ruido, el aire en la cara, la sensación de ir medio abiertos al mundo, las calles pasando a toda velocidad, el simple hecho de subirse y arrancar… todo les parecía fascinante. Viajar con un niño es volver a mirar así: con admiración, con sorpresa, con esa capacidad intacta de pensar que un trayecto de diez minutos puede ser uno de los mejores momentos del día.

Una vez en el centro, empezamos a pasear entre templos. Y Chiang Mai, en ese sentido, tiene algo muy especial: parece una ciudad donde lo cotidiano convive con lo sagrado sin necesidad de separar demasiado una cosa de la otra. Caminas unos metros, giras una esquina, y de pronto aparece otro templo, otra entrada dorada, otro tejado imposible, otra atmósfera que te obliga a bajar un poco el ritmo.

chiang mai prohibido
Prohibido entrar a las mujeres

Nos llamó la atención que en uno de ellos no dejaban entrar a las mujeres, algo que sorprende especialmente cuando viajas en familia y observas el lugar desde una mirada menos turística y más humana. Más allá de ese detalle concreto, muchos templos compartían códigos muy claros. Había que quitarse los zapatos antes de entrar.

Había que vestir con respeto. Y también aprendimos otra norma importante: no se deben señalar las plantas de los pies hacia la imagen de Buda, porque en la cultura tailandesa los pies se consideran la parte más baja e impura del cuerpo, y apuntarlos hacia una imagen sagrada se entiende como una falta de respeto.

Dentro, los templos tenían una estructura que, al menos a ojos del visitante, se repetía con cierta armonía: la imagen de Buda ocupando el lugar central, el espacio en silencio o casi en silencio, las ofrendas, los detalles dorados, y en las paredes frescos, dibujos y escenas que transmitían enseñanzas budistas. Todo parecía pensado para recordar algo, para enseñar algo, para ordenar la mirada y la mente al mismo tiempo.

templo budista con niños
Disfrutando de las campanas

En el exterior había campanas. Muchas. Y no estaban ahí solo como adorno. En la tradición budista tailandesa, las campanas y gongs cumplen funciones religiosas y simbólicas: pueden marcar momentos de oración o de actividad monástica, y su sonido también se asocia a la llamada a la atención espiritual y a la práctica de hacer mérito.

Otro detalle que se repetía en muchos templos era la presencia de imágenes del rey y de la reina de Tailandia. Eso, para un visitante europeo, llama bastante la atención al principio, pero tiene todo el sentido dentro del contexto del país. Tailandia es una monarquía constitucional desde 1932 y la institución monárquica sigue ocupando un lugar muy importante en la vida pública y simbólica del país. La dinastía reinante es la Chakri, fundada en 1782, y esa continuidad histórica ayuda a entender por qué la figura de la familia real está tan presente en espacios públicos y también en espacios religiosos.

chiang mai templo rey

Ese primer paseo tuvo además una ventaja enorme: no había demasiada gente. Enero entra dentro de la estación seca y agradable en Chiang Mai, pero no coincide con los picos más altos de afluencia que suelen concentrarse en otros periodos festivos concretos o en momentos muy marcados del calendario turístico. Nosotros encontramos el centro bastante llevadero y pudimos visitar los templos con calma, sin esa sensación de estar entrando y saliendo en fila india.

Con niños, esa tranquilidad vale oro.

Eso sí, en la calle la atención tenía que volver enseguida. Aunque en el centro no nos pareció un tráfico exagerado, sí había motos y movimiento suficiente como para no relajarse ni un segundo. Allí entendimos otra pequeña regla del viaje: en cuanto salías a la calle, todos de la mano. No era un lugar hostil, ni mucho menos, pero sí una ciudad asiática con su propio ritmo, y con niños pequeños conviene no jugar a la improvisación en ese terreno.

chiang mai viajar con niños

Comimos en el centro, dejando que el día avanzara sin prisa, y por la tarde fuimos a uno de esos mercados callejeros que se montan en las calles del centro de Chiang Mai y que resumen muy bien el alma de la ciudad. Había de todo: ropa, puestos de comida, objetos que no sabías si necesitabas o no pero de pronto te parecían imprescindibles, ferias con máquinas para coger peluches, luces, música, familias tailandesas, viajeros, vendedores, niños mirando todo con la misma intensidad con la que por la mañana habían mirado los tuk-tuks.

La mayoría de la gente que veíamos era tailandesa, aunque turistas había, claro. De vez en cuando te cruzabas con algún español, pero no era algo constante. Y eso también nos gustó. El ambiente seguía teniendo una vida muy local, muy real, sin esa sensación de parque temático internacional que a veces estropea algunos destinos.

Por la zona en la que nos movimos no vimos prácticamente prostitución, algo que muchas personas asocian de forma automática a Tailandia antes de viajar, a veces por prejuicio, a veces por imágenes muy parciales del país. Sí vimos algún ladyboy, algo perfectamente normal dentro del paisaje social tailandés, pero en general nuestra experiencia en Chiang Mai centro fue la de una ciudad tranquila, amable y muy fácil de vivir en familia.

viajar a chiang mai con niños
Chiang Mai con niños es diferente

A medida que iba cayendo la tarde, volvimos a ver más templos, y ahí apareció otra cara de Chiang Mai que merece mucho la pena: la de los templos iluminados al atardecer. De día ya son bonitos. Pero cuando baja la luz, cuando el dorado empieza a recoger los últimos tonos cálidos y las luces artificiales entran en escena, tienen una magia distinta. Más serena, más teatral, más íntima. Es uno de esos momentos en los que notas que la ciudad deja de enseñarse y empieza a sugerirse.

chiang mai por la noche
Templo budista por la noche

Eso sí, para nosotros el horario estaba bastante claro: entre las seis y las siete de la tarde tocaba volver al hotel. No tanto porque se acabara el día, sino porque con la oscuridad llegaban también los mosquitos. Y ahí sí no improvisábamos. Llevábamos siempre antimosquitos para el amanecer y el atardecer, que fueron los momentos en los que más pendientes estuvimos de eso.

En una zona tropical o semitropical, ese detalle no es menor y conviene tomárselo en serio, especialmente viajando con niños pequeños. Las recomendaciones sanitarias para Tailandia insisten precisamente en la importancia de la protección frente a picaduras.

De ese primer día también nos llevamos una enseñanza muy poco poética pero muy útil: la organización dentro del hotel importa muchísimo. Cuando viajas con familia numerosa, llegar cansado a la habitación y no saber dónde está la ropa de recambio, el pijama, el biberón o la muda del bebé es una forma absurda de añadir caos a un día que ya ha tenido bastante movimiento. Por eso, si tuviera que dar un consejo muy práctico, diría este: lleva la maleta extremadamente bien clasificada, con separadores, bolsas o compartimentos por niño y por tipo de prenda. Parece una tontería antes de salir de casa, pero en destino te ahorra tiempo, discusiones y bastante desgaste mental.

Porque viajar a Chiang Mai con niños tiene mucho de aventura, sí. Pero una parte importante de esa aventura consiste en que, mientras ellos descubren templos, mercados y tuk-tuks como si el mundo acabara de ser inventado, tú consigas encontrar unos calcetines limpios en menos de treinta segundos.

chiang mai en familia
Pha Dok Siew

El segundo día decidimos hacer una excursión organizada a uno de los lugares más conocidos de los alrededores de Chiang Mai: el parque nacional de Doi Inthanon, famoso por sus cascadas y por albergar el punto más alto de Tailandia, muy cerca de Myanmar.

Está a una distancia razonable para ir y volver en el día desde Chiang Mai, algo muy importante cuando viajas con niños pequeños. Doi Inthanon es, de hecho, la montaña más alta del país, dentro del parque nacional del mismo nombre.

Con tres niños, esta clase de excursiones tienen una ventaja enorme: te recogen pronto en el hotel, te llevan, te traen y te quitan de encima una parte importante de la logística. En nuestro caso, las excursiones solían empezar con recogida entre las ocho y las nueve de la mañana y normalmente estábamos de vuelta sobre las tres de la tarde, más o menos según el tráfico.

Ese horario nos vino muy bien durante todo el viaje, porque nos permitía hacer plan por la mañana, descansar un poco después y aún tener margen para piscina, ducha y cena sin convertir el día en una prueba de resistencia.

La empresa con la que lo contratamos era una de las muchas agencias locales que organizan este tipo de salidas desde Chiang Mai. Y cuando digo muchas, son muchísimas. Allí hay oferta para casi todo: templos alejados, montaña, naturaleza, aldeas, elefantes, rutas culturales. Nosotros preferimos elegir planes que no implicaran demasiadas horas de coche. Había otras excursiones interesantes, sí, pero algunas requerían trayectos largos y no nos compensaba con niños tan pequeños. Esta, en cambio, estaba bastante bien medida para una familia: naturaleza, coche asumible y regreso temprano.

Esto lo diría claramente en el blog porque creo que ayuda mucho a quien viaje con hijos: no todas las excursiones desde Chiang Mai merecen la pena igual cuando vas en familia. Las hay muy bonitas, pero demasiado largas. Con un bebé de seis meses, un niño de tres años y otro de cinco, el viaje no se mide solo por lo que ves, sino por cuánto peaje de cansancio exige llegar hasta allí.

En este caso, el trayecto era lo suficientemente razonable como para disfrutar del día sin sentir que media excursión se iba en sobrevivir al coche. Eso, para nosotros, fue clave.

La parte más espectacular de la excursión fueron las cascadas. Impresionaban de verdad. No solo por el tamaño, sino por el entorno, por la vegetación, por ese tipo de paisaje que de pronto te recuerda que Tailandia no es solo templos, mercados y ciudades, sino también naturaleza poderosa, húmeda, frondosa y muy escénica.

Con niños, además, los lugares con agua suelen tener un efecto inmediato: captan su atención sin esfuerzo. No hace falta explicar mucho ni “hacer pedagogía del paisaje”. Lo ven y lo entienden solos. Aquello era grande, bonito y diferente, y eso basta.

chiang mai punto mas alto
Doi Inthanon

Otro de los momentos destacados del día fue llegar al lugar donde se encuentra el punto más alto de Tailandia, dentro de Doi Inthanon. Es de esos sitios que quizá no te dejan con la boca abierta por lo visual, pero que tienen gracia por lo simbólico. Estás allí, con tus hijos, en el techo del país, y eso siempre tiene algo.

No fue el rincón más impactante de la excursión, pero sí de esos hitos que apetece vivir cuando haces un viaje así, sobre todo porque encaja muy bien dentro de una jornada sencilla y bastante bien organizada.

Hubo, eso sí, una parte del recorrido que a mí me gustó menos. Nos llevaron a un poblado rural orientado claramente al turismo. El pueblo del café para aprender y conocer la sabiduría local sobre la historia del café. Y aquí creo que merece la pena ser honesto, porque no todo en un viaje tiene que parecer maravilloso por obligación.

El sitio tenía interés desde el punto de vista visual y didáctico. Te enseñaban productos locales, explicaban cómo funcionaba un telar y permitía intuir, aunque fuera de manera muy filtrada, ciertos aspectos de la vida rural en Tailandia. Esa parte tenía su valor. Ver el telar en funcionamiento, por ejemplo, sí me pareció interesante.

Pero también se notaba bastante que era una experiencia preparada para el visitante. No era ese tipo de lugar donde sientes que estás viendo algo completamente auténtico y vivo, sino más bien una versión presentada, adaptada y empaquetada para que el turista la consuma sin demasiadas complicaciones.

No diría que sobra, porque forma parte de muchas excursiones y a mucha gente le gusta, pero sí diría que fue la parte menos especial del día. Si volviera, probablemente iría con expectativas más ajustadas. Y eso, en viajes familiares, también ayuda: no todo tiene que ser memorable para que el conjunto merezca la pena.

chiang mai excursion con niños

La excursión terminaba en una parada casi obligatoria. Estábamos casi en lo más alto del Doi Inthanon, el pico más alto de toda Tailandia, y de repente nos encontramos con estas dos pagodas gigantescas.

Una de ellas es la Phra Maha Dhatu Naphamethinidon (¡un nombre imposible de pronunciar a la primera!). Resulta que la levantaron en el 87 para celebrar que el rey Bhumibol cumplía 60 años. Lo más impresionante es que estás ahí arriba, a unos 2.565 metros, y las vistas son de locos. Lo curioso del sitio es que son como un dúo: esa pagoda.

Una de las razones por las que esta excursión nos funcionó tan bien fue el regreso temprano. Estar de vuelta sobre las tres de la tarde era casi un lujo. Con niños pequeños, ese margen te cambia el viaje entero.

Podíamos volver al hotel, bajar revoluciones, darnos un baño en la piscina y dejar que el día respirara. Ese rato de piscina después de una excursión acabó siendo casi parte del método de supervivencia familiar. Porque sí, Chiang Mai tiene muchísimo que ver, pero también aprendimos que con niños no gana el que mete más cosas en un día, sino el que sabe dosificar mejor.

gastronomia de tailandia
Mejor plato de Chiang Mai

Por la noche solíamos salir a cenar fuera casi siempre. Y una de las cosas que más agradecimos de Chiang Mai es que comer fuera resulta bastante accesible, algo que para una familia viajando muchos días seguidos marca muchísimo la experiencia. No solo por el presupuesto, sino por comodidad. Después de un día largo, poder salir, sentarte y cenar bien sin gastar demasiado se agradece mucho.

Fue además en esos días cuando descubrimos uno de los sitios que más recordamos del viaje: Mary Restaurant. No era el típico local diseñado para impresionar al turista. Más bien al contrario. Era un sitio muy sencillo, casi mínimo, de esos que a simple vista parecen poca cosa. Cuatro palos, unas pocas mesas, nada sofisticado. Y precisamente por eso tenía encanto.

Allí probamos un plato que para nosotros fue la gran joya gastronómica del viaje: el khao soi, una especialidad del norte de Tailandia muy asociada a Chiang Mai. Es un plato de fideos en caldo cremoso y especiado, muy emblemático de la cocina del norte tailandés.

Y aquí no voy a fingir distancia crítica: fue probablemente la comida más espectacular que probamos en todo el viaje por Tailandia.

Hay platos que están buenos y platos que se te quedan pegados al recuerdo del viaje. Este fue de los segundos. Después de un día de excursión, cansancio, niños, coche y naturaleza, sentarnos allí y encontrarnos con ese plato fue uno de esos premios pequeños que hacen grande un viaje.

Después de vivir esta jornada, hay varias cosas que creo que sí merece la pena dejar claras para quien esté pensando en viajar a Chiang Mai con niños:

Elegir bien las excursiones importa muchísimo.
No todo lo que parece bonito compensa si implica demasiadas horas de coche.

Volver al hotel a media tarde es una ventaja enorme.
Permite que el viaje siga siendo disfrutable al día siguiente.

No pasa nada por reconocer que algunas paradas son demasiado turísticas.
Forma parte del viaje, y contarlo así lo hace más útil.

Comer bien en Chiang Mai no exige restaurantes sofisticados.
A veces los mejores recuerdos gastronómicos salen justo del sitio más simple.

familia bañandose con elefantes en tailandia
Dando de comer a los elefantes en Chiang Mai

El tercer día hicimos otra de las excursiones que habíamos contratado desde Chiang Mai, esta vez para visitar un centro donde podíamos dar de comer a elefantes y acompañarlos al agua. Era una de esas experiencias que, cuando viajas con niños, sabes que probablemente va a convertirse en uno de los grandes recuerdos del viaje. Y así fue.

Nos recogieron por la mañana en un minibús compartido. Íbamos con otros siete adultos y, tras un trayecto de unas dos horas, llegamos al lugar de la actividad. Como suele pasar con este tipo de planes en Tailandia, todo estaba bastante preparado para el visitante.

La organización era clara, el recorrido estaba pensado de antemano y la experiencia tenía un formato muy orientado al turismo. Eso no impidió disfrutarlo, pero sí hacía evidente que no estábamos ante una escena espontánea en plena naturaleza, sino ante una actividad diseñada para que el visitante se acerque a los elefantes de forma controlada.

Allí nos explicaron en inglés cómo iba a desarrollarse la visita. Ese fue uno de los inconvenientes para nosotros: no encontramos guía en español, así que a los niños les íbamos traduciendo sobre la marcha lo que decían. Cuando viajas con niños pequeños, este detalle importa más de lo que parece, porque no es lo mismo asistir a una actividad que entender realmente lo que está pasando.

Una de las primeras partes de la excursión consistía en preparar una especie de comida especial para los elefantes, una especie de “chuchería” hecha con plátano y otros ingredientes. Era una actividad pensada para que el visitante participara desde el principio y, para los niños, tuvo bastante gracia porque no era solo mirar: podían implicarse un poco más.

Luego llegó el momento de darles de comer. En este caso había una pareja de elefantes adultos y también un elefante bebé. Al principio, como es lógico, te acercas con cierto respeto. Son animales enormes, impresionantes, y aunque todo esté controlado no dejas de sentir esa mezcla entre emoción y prudencia. Pero una vez superado ese primer momento, la experiencia se vuelve muy cercana. Acabas tocando la trompa, mirándoles a pocos centímetros y viendo a los niños alucinados por poder estar tan cerca de un animal que hasta ese momento era casi de cuento.

Los niños también tocaron la trompa sin problema, siempre guardando las distancias y siguiendo las indicaciones del personal. Se notaba que los elefantes estaban acostumbrados a la presencia de personas y también a la de niños. Eso daba tranquilidad, aunque sin bajar nunca la guardia, porque una cosa es que el entorno esté controlado y otra olvidar el tamaño y la fuerza que tiene un animal así.

Sí hubo un detalle que nos llamó la atención: cuando les dábamos esa especie de premio o golosina, se notaba que no era precisamente algo excepcional para ellos. Más bien al contrario. La sensación era que esa misma “chuchería” la recibían varias veces al día con distintos grupos, y hubo incluso momentos en que alguno parecía rechazarla o mostrar poco interés. Fue una de esas pequeñas señales que te hacen entender mejor cómo funciona el engranaje turístico de este tipo de lugares.

Después nos llevaron a otra zona, junto a un río, donde había otros tres elefantes. Allí se hacía otra de las actividades estrella: acompañarlos al agua y bañarlos. El elefante entraba en el río con ayuda del personal, y tú ibas echándole cubos de agua mientras te hacías fotos y vivías ese momento tan cercano que, sobre el papel, parece irrepetible.

Y la verdad es que, vivido desde dentro, impresiona. Estás a escasos metros de un elefante dentro del agua, con tus hijos mirando fascinados, y entiendes por qué este tipo de excursiones tienen tanto tirón. Hay algo muy potente en ver tan cerca a un animal así y compartirlo en familia. Terminó la excursión yendo a una cascada impresionante cerca de allí.

Aquí sí creo que merece la pena hacer una pausa y contarlo con sinceridad, porque es un tema importante. Nosotros fuimos bastante atentos a la cuestión ética. Nos fijamos en si los elefantes tenían heridas visibles, en cómo los trataban, en si se les veía tranquilos o forzados y en el ambiente general del lugar. No vimos heridas ni una situación que nos resultara agresiva a simple vista, y desde ese punto de vista la experiencia no nos produjo rechazo inmediato.

Ahora bien, también sería poco serio decir que con eso basta para saber si un centro es realmente ético. En los últimos años, varias organizaciones de bienestar animal han insistido en que las experiencias de contacto directo, incluido bañarlos, alimentarlos o tocarlos, pueden seguir siendo problemáticas aunque se presenten como respetuosas.

El motivo es que para permitir ese nivel de cercanía con turistas, los elefantes suelen tener que estar muy habituados al manejo humano, y las entidades más estrictas en bienestar animal recomiendan modelos de observación sin contacto como opción preferible. World Animal Protection, por ejemplo, desaconseja el baño con elefantes y señala que el contacto directo no es el mejor indicador de bienestar; además, en enero de 2026 publicó una evaluación según la cual el 69% de los elefantes usados en turismo en Tailandia seguían viviendo en condiciones pobres o inaceptables.

Dicho de otra manera: nosotros lo vivimos como un día precioso y muy emocionante, pero también salimos entendiendo mejor que “parecer respetuoso” y “ser plenamente ético” no siempre es exactamente lo mismo. Creo que esa matización, en un blog familiar, no sobra. Al revés: ayuda.

Con todo, fue un día muy bonito. Acercarse tanto a los elefantes fue impresionante, y solo por ver la cara de los niños ya se entendía por qué esta excursión se convierte en uno de esos recuerdos que se quedan para siempre. Hay experiencias de viaje que valen por lo que ves, y otras que valen por cómo miran tus hijos lo que están viendo. Esta fue claramente de las segundas.

Volvimos al hotel con esa mezcla rara de cansancio físico y subidón emocional que dejan los días intensos. Y ahí estaba otra vez una de las ventajas de haber organizado el viaje con cierta cabeza: hacer la excursión por la mañana, regresar relativamente pronto y poder bajar el ritmo después.

Si una familia está pensando en incluir este plan, yo tendría en cuenta varias cosas.

La primera es elegir con cuidado el sitio. No basta con que en las fotos parezca bonito. Conviene revisar bien qué tipo de interacción ofrecen, si hay contacto directo, si hay baño, si los elefantes hacen actividades muy repetidas con turistas y si la propuesta se basa más en observar que en manipular.

La segunda es asumir que, si no encuentras guía en español, tendrás que ir traduciendo bastante a los niños sobre la marcha. En nuestro caso fue así.

La tercera es no bajar nunca la guardia. Aunque el entorno esté preparado y los elefantes parezcan tranquilos, siguen siendo animales enormes. Con niños pequeños, la prudencia no estropea la experiencia: la hace posible.

Y la cuarta, quizá la más importante, es ir con una mirada limpia pero no ingenua. Puede ser una experiencia emocionante y a la vez dejarte preguntas. Las dos cosas pueden convivir perfectamente.

templo budista tailandia
Impresionante templo budista

El cuarto día volvimos al centro de Chiang Mai para ver algunos de los templos que todavía nos faltaban. Después de las excursiones de los días anteriores, tocaba regresar al corazón de la ciudad y dedicarle tiempo a una parte mucho más cultural del viaje.

Chiang Mai tiene algo muy agradecido para viajar en familia: puedes alternar planes de naturaleza o excursiones más intensas con jornadas mucho más urbanas y fáciles de gestionar. Y eso, cuando vas con niños pequeños, vale muchísimo. No todos los días tienen que ser épicos. A veces basta con caminar un poco, mirar con calma, dejarse sorprender y no llevar el reloj demasiado apretado.

chiang mai detalle de templo

Aquella mañana la dedicamos a pasear por el centro y entrar en los templos que aún no habíamos visto. Fue una jornada más tranquila, de esas que te permiten observar mejor el ambiente de la ciudad. Los templos en Chiang Mai tienen una belleza muy serena. No necesitan grandes efectos para impresionar. Hay algo en el silencio, en los tejados, en los dorados, en los patios, en la forma en que la gente entra y sale, que hace que incluso los niños noten que están en un lugar especial, aunque no entiendan todavía del todo por qué.

chiang mai velas
Ofrendas de respeto de los creyentes

Uno de los momentos más curiosos del día fue ver una escuela de monjes budistas. Ese tipo de escenas son las que le dan al viaje un valor distinto. Porque una cosa es visitar monumentos bonitos, y otra encontrarte de frente con una parte viva de la cultura del lugar. No era solo “ver algo”. Era asomarse, aunque fuera un poco, a otra forma de vida, a otra rutina, a otra manera de entender el tiempo y la educación. Y ese tipo de detalles, cuando viajas en familia, enriquecen mucho más el viaje que tachar lugares de una lista.

ocio con niños en chiang mai
Parque de bolas más grande de Chiang mai

Por la tarde cambiamos completamente de registro. Pasamos del Chiang Mai más espiritual al Chiang Mai más práctico para familias. Fuimos a un parque infantil cubierto que estaba bastante alejado del centro, así que allí sí que no compensaba ir en tuk-tuk. Cogimos un taxi, porque había aproximadamente media hora de trayecto y era lo más cómodo con niños.

Y aquí tengo que decir una cosa con total claridad: fue uno de los mejores planes para niños de todo el viaje.

Estaba dentro de un centro comercial, y la zona infantil era directamente descomunal. No exagero si digo que fue la sala de juegos más grande que he visto preparada para niños. Pagabas muy poco por un par de horas y, a cambio, entrabas en una especie de paraíso infantil perfectamente diseñado para que ellos se desfogaran después de varios días de templos, traslados, excursiones y horarios más o menos adaptados a los adultos.

Había una piscina de bolas gigantesca, toboganes enormes, inflables de todos los tamaños y castillos hinchables a una escala casi absurda. De esos sitios donde los niños entran y desaparecen mentalmente del planeta Tierra durante dos horas. Los adultos podíamos entrar o no entrar. En nuestro caso entramos los dos, y menos mal, porque solo ver sus caras ya compensaba.

Era uno de esos lugares donde entiendes algo muy sencillo: viajar con niños no consiste solo en enseñarles cultura, paisajes o gastronomía. También consiste en darles su propio espacio de disfrute puro. Y ese parque fue exactamente eso. Un premio para ellos y, en cierto modo, también para nosotros.

Debajo del centro comercial fue además donde comimos ese día. Y fue una solución buenísima. Había una zona de puestos de comida con ambiente callejero, pero dentro de un entorno mucho más controlado, más limpio y más cómodo para ir con niños.

Me pareció una mezcla muy inteligente: por un lado tenías la sensación de estar probando comida local en puestos, con variedad y movimiento; por otro, estabas en un sitio donde todo resultaba más fácil, más ordenado y con una sensación de seguridad gastronómica bastante mayor para quien viaja con niños y no quiere improvisar demasiado.

En un viaje como este, ese tipo de hallazgos valen oro. Porque sí, la experiencia auténtica está muy bien, pero cuando viajas en familia también aprendes a valorar muchísimo los lugares donde puedes comer tranquilo, sentarte sin estrés y no estar todo el rato preguntándote si ha sido una buena idea.

Y después de ese día, llegó el momento de marcharnos. Cogimos un avión de vuelta a Bangkok y dejamos Chiang Mai con una sensación muy clara: nos habíamos quedado con ganas de más.

No con esa sensación frustrante de “nos ha faltado hacer cosas”, sino con una mucho mejor: la de haberlo disfrutado de verdad y, aun así, querer volver. Que para mí es casi la definición de un buen viaje.

Chiang Mai nos gustó porque supo ser muchas cosas a la vez. Fue aventura, fue cultura, fue comodidad dentro de lo posible, fue buena comida, fue naturaleza, fue adaptación y también fue aprendizaje. Nos obligó a viajar de otra manera, más flexible, más paciente y más familiar. Y quizá por eso nos dejó tan buen recuerdo.

Elige un hotel con piscina y bien ubicado. Con niños pequeños, volver al alojamiento a media tarde cambia por completo el viaje.

No sobrecargues los días. En Chiang Mai funciona mejor hacer un plan fuerte por la mañana y dejar la tarde para descansar, bañarse o improvisar.

Si llevas carrito, ve mentalizado. Muchas zonas del centro no tienen aceras cómodas. Lo mejor es que un adulto vaya delante abriendo paso.

No te fíes del paso de cebra como en España. Cruza con calma, mirando bien y siempre muy pendiente de motos, coches y tuk-tuks.

Lleva siempre agua embotellada. En el carrito o en la mochila, con niños este no es un detalle menor.

Para excursiones largas, prioriza las que no os revienten el día entero. Si el traslado se alarga demasiado, con niños pequeños se nota muchísimo.

No des por hecho que habrá guía en español. Si los niños ya entienden cosas, te tocará muchas veces traducir sobre la marcha.

Reserva al menos un plan pensado solo para ellos. Templos y cultura están muy bien, pero un parque infantil grande o una tarde de juego les devuelve la energía del viaje.

Come donde veas ambiente, pero con cabeza. En Chiang Mai se cena muy bien y barato, y los sitios sencillos pueden dar las mejores comidas del viaje.

Baja el nivel de perfección. Viajar a Chiang Mai con niños no consiste en verlo todo, sino en disfrutar bien lo que sí haces.

Sí, merece mucho la pena. Pero no porque sea un destino perfecto, ni porque todo sea fácil, ni porque vayas a vivir unas vacaciones de descanso absoluto. Merece la pena porque Chiang Mai funciona sorprendentemente bien para una familia si aceptas el viaje tal y como es.

Hay trayectos largos, aceras difíciles, momentos de cansancio y planes que exigen un poco de estrategia. Viajar con un bebé de seis meses, un niño de tres años y otro de cinco no es precisamente la forma más cómoda de moverse por el mundo. Pero tampoco es, ni de lejos, una locura. Al contrario. Con un poco de organización, buenos tiempos de descanso y expectativas realistas, puede convertirse en una experiencia maravillosa.

Chiang Mai nos dio varias cosas al mismo tiempo. Nos dio templos, naturaleza, comida inolvidable, elefantes, sonrisas, una ciudad amable y muchos momentos pequeños que al final son los que sostienen el recuerdo grande. Nos dio también algo que valoro muchísimo en un destino familiar: la posibilidad de combinar planes para adultos con planes donde los niños realmente disfrutan.

No fue un viaje de postal perfecta. Fue mejor. Fue un viaje real. Con carrito, con biberones, con piscina de hotel, con cenas improvisadas, con siestas a medias, con taxis, con miradas de agotamiento y con niños alucinando delante de un elefante o tirándose por un castillo hinchable gigante. Y justamente por eso salió tan bien.

Si estás pensando en viajar a Chiang Mai con niños, mi impresión es clara: ve. Ve sabiendo que tendrás que adaptarte. Ve sin obsesionarte con verlo todo. Ve con margen, con paciencia y con ganas de dejarte sorprender. Porque cuando un destino consigue gustarle a los adultos y entusiasmar a los niños a la vez, no es tan fácil de encontrar.

Y Chiang Mai, en eso, nos conquistó.