El día que subimos a la Masada empezó temprano, con ese silencio seco del desierto de Judea que parece suspendido en el tiempo. A medida que ganábamos altura, el Mar Muerto quedaba abajo, inmóvil, y la fortaleza aparecía como una isla de piedra imposible, aislada y deliberadamente inaccesible. No es un lugar que se visite con prisa: Masada obliga a entender primero...









