Cuando los conquistadores españoles llegaron a Cuzco en 1533-34, encontraron una ciudad que latía con la memoria de los dioses andinos. Era el ombligo del mundo, el centro espiritual y político del Tahuantinsuyo. Pero lo que siguió fue una transformación profunda: el sincretismo entre dos visiones del universo. Donde antes se alzaban templos al Sol y a la Luna, comenzaron a erguirse iglesias cristianas, conventos y catedrales que intentaban imponer una nueva fe… y a la vez conservar, bajo sus cimientos, la huella del pasado inca.

Cuzco, hoy Patrimonio de la Humanidad, es una ciudad donde las piedras hablan dos lenguajes. El del imperio que adoraba al Inti y el de la cruz que vino desde Europa. En esta crónica recorreremos los principales escenarios de ese Cuzco cristiano que aún hoy vibra entre lo sagrado y lo terrenal.
En otros artículos de nuestro viaje a Perú, hemos podido repasar la cosmovisión inca, y adentrarnos en su universo, para poder entender un poco más de esta civilización precolombina, que hoy en día continúa suscitando grandísimo interés. Aun más, tras ser designado Machu Pichu como maravilla del mundo moderno. En este artículo, quiero hacer hincapié en la otra parte, la Cuzco cristiana.
La Plaza de Armas: escenario del poder divino y terrenal
El corazón del Cuzco colonial late en su Plaza de Armas, un espacio que ya era sagrado para los incas. Aquí se encontraba la Huacaypata, la gran explanada donde el Inca presidía las fiestas del Inti Raymi. Con la llegada de los españoles, este centro ceremonial se transformó en la plaza mayor del poder virreinal. Sobre las ruinas del antiguo palacio de Viracocha Inca, se construyeron las iglesias que marcarían la nueva era: la Catedral del Cuzco, la Iglesia del Triunfo y, al otro lado, la Iglesia de la Compañía de Jesús.

Durante el siglo XVI, esta plaza fue testigo de procesiones religiosas, ejecuciones públicas, desfiles militares y celebraciones fastuosas en honor al Corpus Christi. Desde sus balcones coloniales, las familias nobles observaban la fusión entre las tradiciones andinas y el ceremonial barroco traído desde España. En sus adoquines aún resuena el eco de los tambores indígenas mezclados con los coros de misa en latín.
Caminar por la plaza de armas es retroceder en el tiempo. Las fachadas coloniales y los portales de piedra tallada parecen un escenario detenido, donde el Cuzco cristiano se consolidó como el centro espiritual del sur andino.
La Catedral del Cuzco: el símbolo de la fe conquistadora
La Catedral del Cuzco no solo es el principal templo católico del sur del Perú: es una enciclopedia de piedra donde se puede leer la historia completa del mestizaje andino. Se alza en el lado noreste de la Plaza de Armas, sobre lo que fue el palacio de Quiswar Kancha del Inca Viracocha, símbolo del poder imperial. Su construcción comenzó en 1560, bajo el obispado de Fray Vicente Valverde, y concluyó un siglo después, en 1664. La obra fue dirigida por los arquitectos Juan Miguel de Veramendi y Juan Correa, y ejecutada principalmente por mano de obra indígena, lo que explica su profunda impronta local.

El resultado es un templo con una estructura de forma rectangular con cruceros que conectan las iglesias laterales (que veremos más adelante), flanqueado por dos torres y una fachada monumental tallada en piedra andesita de Sacsayhuamán y de estilo renacentista. Recordemos que el Cabildo de Cuzco, ordenó el traslado de las piedras y demás materiales de la antigua fortaleza para terminar la construcción de la Catedral. Este era una costumbre recurrente cuando los constructores españoles se estaban quedando sin material, o más bien, tenían a mano las construcciones incas.
La solidez de su estructura revela tanto la ambición de la Iglesia por dominar visualmente la ciudad como la maestría de los canteros andinos, que ensamblaron bloques gigantes con precisión milimétrica. En su interior, de estilo barroco, la catedral alberga tres naves principales que soportan bóvedas de crucería, once capillas, tres altares mayores, una sacristía, un coro tallado en cedro y un tesoro de arte sacro de valor incalculable.

El altar principal, completamente recubierto en plata (unos 1200 kg del preciado metal), fue fabricado en 1803 y sustituye al anterior de madera dorada. Su brillo refleja la riqueza minera del Perú colonial, en particular la plata de Potosí, símbolo del poder económico del virreinato. La Virgen de la Asunción es la que sobresale en el retablo donde se encuentra el altar principal.

En contraste, el coro es una obra maestra de la talla en madera: más de un centenar de asientos ornamentados con figuras de santos, santas, mártires y apóstoles tallados por artesanos indígenas en el siglo XVII. Cada rostro tiene rasgos locales, un gesto que revela la apropiación andina del imaginario cristiano.
El visitante que recorre la catedral encuentra verdaderas joyas del barroco andino. Entre ellas destaca la pintura de La Última Cena de Marcos Zapata de 1755, uno de los grandes maestros de la Escuela Cusqueña. En esta versión, Cristo y los apóstoles comparten no un cordero, sino un cuy asado acompañado de destilado de granada (no es vino). También podemos ver elementos propios de la región, como torreja (con harina de maíz), papayas, fresas, granadas, maíz, ajíes frescos y secos, entre otros). Como curiosidad, Judas te mira según avanzas.

A primera vista puede parecer una excentricidad, pero es en realidad una metáfora del sincretismo religioso: una cena universal reinterpretada desde la cultura local. Ya hemos visto en otras ocasiones, reinterpretaciones de escenas religiosas por la escuela veneciana de pintura donde recrean lugares pasajes del nuevo testamento que recuerdan a Venecia o similares (véase cuadros de Veronese o el Lavatorio de Tintoretto).
En la capilla de la platería se aprecian objetos de plata como el famoso templete donado por el obispo Bernardo de Serrada en 1731, hecho con 732 marcos de plata En la parte central se muestra un pelícano con el pecho abierto que simboliza el amor. El tesoro en plata es enorme, podemos estar hablando de 1500 ks de plata en las estructuras de las procesiones. Una auténtica barbaridad.

Retablo de la Virgen Antigua o la Natividad. Tallado en madera de cedro por Martín de Torres y Miguel de la Cruz, está bañado en pan de oro.
Otro símbolo de ese mestizaje es la imagen del Señor de los Temblores, un cristo crucificado negro, patrón del Cuzco, que se conserva en una de las capillas laterales. Según la tradición, fue un regalo del rey Felipe II y llegó a la ciudad en 1570. El color negro se debe al humo de las velas de llama que tenían mucha grasa. Durante el potente terremoto de 1650, la imagen fue sacada en procesión y el sismo cesó, lo que consolidó su devoción popular. Desde entonces, cada Lunes Santo, el Cristo moreno recorre la ciudad entre flores de ñucchu, una planta que también se ofrecía al dios Sol, recordando la persistencia del antiguo culto andino bajo la nueva fe.

La Catedral del Cuzco integra en su estructura dos templos adicionales: la Iglesia del Triunfo, la más antigua de la ciudad, y la Iglesia de la Sagrada Familia. Este conjunto triple simboliza la plenitud del poder religioso durante el virreinato y la centralidad del culto en la vida social.
La Iglesia del Triunfo: el primer templo cristiano del cuzco
La Iglesia del Triunfo es, con justicia, el germen del Cuzco cristiano. Se levanta adosada al flanco sur de la actual Catedral, en el mismo solar donde se encontraba el antiguo Suntur Wasi o “Casa del Sol”, una construcción inca de carácter ceremonial vinculada al dios Viracocha. Su nombre —El Triunfo— no fue elegido al azar: conmemora el supuesto milagro que, según la tradición, salvó a los españoles durante la gran rebelión de Manco Inca en 1536, apenas tres años después de la conquista del Cuzco.

Durante aquella sublevación, los guerreros incas sitiaron la ciudad e incendiaron las casas y templos. Los conquistadores, acorralados, se refugiaron en el edificio que ocupaba este lugar. La leyenda dice que, cuando el fuego parecía incontrolable, una aparición de la Virgen María descendió sobre los tejados (la “virgen de la descensión” y cegó a las tropas de Manco Inca (aparentemente con un manto les ayudó), para que los españoles pudieran perseguir a los rebeldes, y librar la batalla final en Sacsayhuamán, obligándolos a huir hacia Vilcabamba. Los españoles interpretaron aquel hecho como una señal divina y prometieron erigir un templo en agradecimiento por su “triunfo”. También se representa a Santiago, que, también descendió y lucha junto a los españoles para derrotar a los incas.


Así nació, en 1536, la primera iglesia cristiana del Cuzco y una de las más antiguas de Sudamérica.
Quizá uno de los elementos más interesantes de la Iglesia del Triunfo es la cripta, donde se encuentran los restos de Inca Garcilaso de la Vega (relator importantísimo de la realidad inca cuando llegaron los españoles). También se encuentra la cruz de la conquista de Fray Vicente Valverde.


Arquitectónicamente, la Iglesia del Triunfo pertenece a la primera etapa colonial, de estilo renacentista austero. Sus muros son gruesos, de piedra andesita y cal, y su interior carece del fasto dorado del barroco posterior. Esta sobriedad no es pobreza, sino una declaración de fe: una iglesia fortaleza, símbolo de resistencia espiritual frente al caos del mundo nuevo.
Tiene una planta de cruz latina, tres naves, un coro alto, nueve retablos, destacando su retablo mayor tallado en piedra y bañado en pan de oro.
Con el paso del tiempo, el Triunfo adquirió un significado más profundo. Representa la transición entre el universo inca y el cristiano, entre la guerra y la evangelización. Su puerta principal, orientada hacia la Plaza de Armas, fue la primera por la que entró la cruz en el ombligo del mundo. Allí se celebraron las primeras misas, los primeros bautizos de nobles incas y las primeras procesiones que mezclaban el incienso europeo con las flores andinas.
La Iglesia de la Sagrada Familia: la devoción cotidiana
Junto al lado derecho de la catedral se alza la Iglesia de la Sagrada Familia, construida en el SXVIII. Es una iglesia católica que, junto con la Catedral y la Iglesia del Triunfo, forma el complejo catedralicio de la ciudad de Cuzco. En el terreno que hoy se levanta fue utilizado como primer cementerio de la ciudad. Con anterioridad, se encontraba un antiguo espacio ceremonial llamado Unu Punku (puerta de agua). El clero español, hacia 1723 colocó la primera piedra por encargo del obispo Gabriel de Arregui, con la mala fortuna que un año después de iniciarse fallecen el constructor y el obispo. Las obras de construcción finalmente acaban en 1735.

Este edificio perteneció en su día a la Inquisición, que ejecutaba a los condenados justamente enfrente en la plaza.
Tiene una planta de cruz latina de una sola nave. El altar principal, barroco, destaca por una decoración excesivamente recargada, y el retablo mayor está principalmente tallado en madera de cedro bañado en pan de oro. Las pinturas y decoración estuvieron en manos de la escuela Cusceña y artistas nativos. Además, tiene, entre otros, otros dos retablos de estilo veneciano y uno neoclásico.
La Iglesia de la Compañía de Jesús: el esplendor del barroco andino
Frente a la catedral, en la misma Plaza de Armas, se levanta la Iglesia de la Compañía de Jesús, una de las obras maestras del barroco latinoamericano. Los jesuitas comenzaron su construcción a finales del SXVI sobre el Amaro Cancha (se cree que puede ser el antiguo palacio de Huayna Cápac).

El resultado fue un templo de una belleza deslumbrante. Su fachada, tallada con una minuciosidad que recuerda a la filigrana, es una sinfonía de piedra. Es un ejemplo clásico del estilo barroco y consta de dos cubos laterales idénticos que se proyectan hacia los campanarios con una fachada central limitada por ambos. En el interior, los retablos cubiertos de pan de oro, las esculturas y las pinturas de la Escuela Cusqueña componen un conjunto que deslumbra por su teatralidad.
Uno de los elementos más llamativos es el retablo mayor, considerado uno de los más grandes del Perú, que se eleva más de veinte metros y está íntegramente recubierto de oro. En él se encuentra la imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción, rodeada de santos y ángeles mestizos. Bajo ese esplendor barroco, sin embargo, se conservan los cimientos del antiguo palacio inca. Como en toda la ciudad, el pasado prehispánico no fue borrado: fue sepultado y reaprovechado como base espiritual y material de la nueva era.

El arte cusqueño: la pintura que evangelizó los andes
El Cuzco cristiano no se entiende sin su legado artístico. De sus talleres nació la célebre Escuela Cusqueña de pintura, un movimiento que fusionó el arte europeo con la sensibilidad indígena. Los lienzos de Marcos Zapata, Diego Quispe Tito o Basilio Santa Cruz son verdaderas enciclopedias de ese mestizaje: vírgenes coronadas con flores locales, ángeles armados con arcabuces, santos rodeados de montañas andinas.
La pintura se convirtió en un instrumento de evangelización. Los misioneros sabían que los indígenas, habituados a la simbología visual, podían comprender mejor la fe cristiana a través de imágenes. Por eso, en las iglesias del Cuzco los muros están cubiertos de lienzos que narran la vida de Cristo y de los santos, pero con colores, gestos y paisajes que evocan el mundo andino. La fe se pintó en quechua.
Conventos y monasterios: la vida religiosa en el virreinato
Más allá de la Plaza de Armas, el Cuzco cristiano se expandió con una red de conventos y monasterios que consolidaron la presencia de las órdenes religiosas. El Convento de Santo Domingo, erigido sobre el Templo del Sol o Qorikancha, simboliza de manera perfecta la superposición de creencias: las piedras incas, perfectamente encajadas, sostienen el claustro colonial. Aquí los dominicos formaron una de las comunidades más influyentes del virreinato.

También los franciscanos dejaron su huella con el Convento de San Francisco, famoso por su biblioteca de más de diez mil volúmenes y un gigantesco lienzo genealógico que representa a toda la orden franciscana. Las clarisas, agustinas y carmelitas, por su parte, fundaron conventos de clausura donde la vida espiritual femenina alcanzó un papel relevante. Muchas jóvenes criollas ingresaban con dotes importantes, y sus conventos se convirtieron en auténticos centros de poder económico y social.
El sincretismo religioso: cuando los santos hablan en quechua
El cristianismo en los Andes no fue una simple imposición. En Cuzco se produjo una fusión simbólica que dio lugar a una religiosidad única. Los santos adquirieron atributos de los antiguos dioses, las vírgenes se confundieron con montañas tutelares —las apus—, y las procesiones coloniales se mezclaron con antiguas ceremonias agrícolas.
El Cristo de los Temblores, por ejemplo, tiene un culto que combina la devoción católica con ritos prehispánicos. Su color oscuro y su figura protectora ante los terremotos recuerdan a las deidades andinas asociadas a la tierra y la fertilidad. Durante su procesión, los fieles le arrojan flores amarillas de ñucchu, la misma flor que se ofrecía al dios Sol en tiempos del Inca.
Fiestas religiosas: la herencia viva del barroco andino
Entre todas las festividades del Cuzco colonial, el Corpus Christi fue la más fastuosa. Cada parroquia sacaba en procesión a su santo patrono, acompañado por músicos, danzantes y cuadrillas. Las calles se llenaban de alfombras de flores y las campanas resonaban en toda la ciudad. La fiesta, importada desde España, adquirió en los Andes un colorido singular: los santos eran llevados en andas que recordaban las antiguas liturgias incas.
Arquitectura y urbanismo: el orden del cielo trasladado a la tierra
El trazado del Cuzco colonial siguió, en parte, el antiguo diseño incaico, pero se adaptó al modelo de las ciudades españolas del Barroco. Las calles estrechas, los patios interiores y los balcones de madera crearon un nuevo paisaje urbano. Las casas de los nobles criollos y de las órdenes religiosas formaban verdaderos palacios, con muros de piedra inca y techos de tejas rojas.

La ciudad se convirtió en un laboratorio arquitectónico donde se mezclaron estilos: renacentista, mudéjar, barroco y churrigueresco, todo con materiales locales y la mano de obra indígena. Esa fusión dio lugar a lo que hoy llamamos el barroco andino, un estilo exuberante, emocional y profundamente simbólico.
El papel de los jesuitas y la educación colonial
Los jesuitas no solo dejaron una iglesia monumental. Fundaron colegios y misiones que extendieron la influencia del cristianismo y la cultura europea por todo el sur andino. En Cuzco establecieron el Colegio de San Bernardo y la Universidad de San Ignacio de Loyola, donde se enseñaban teología, gramática, filosofía y ciencias. Muchos hijos de caciques indígenas estudiaron allí, aprendiendo latín y retórica junto con la doctrina cristiana.
Esta política educativa fue clave para la formación de una élite mestiza que más tarde jugaría un papel fundamental en la independencia del Perú.
El Cuzco cristiano hoy: entre la devoción y el turismo
Caminar hoy por Cuzco es recorrer un museo al aire libre donde la historia se vive en cada esquina. Las procesiones siguen llenando las calles, los coros resuenan bajo las bóvedas coloniales y las campanas de la catedral marcan el ritmo de la ciudad. Pero junto a los fieles, los viajeros observan, fotografían y descubren en estos templos la síntesis de dos mundos.
El Cuzco cristiano no es solo un testimonio del pasado colonial, sino un espejo de lo que significa América Latina: un continente nacido del encuentro —y del conflicto— entre culturas. Las iglesias cusqueñas, levantadas sobre cimientos incas, son la metáfora perfecta de esa identidad mestiza que se resiste a desaparecer.
Lo que revelan las piedras
En cada piedra del Cuzco cristiano hay una historia. Algunas fueron arrancadas del Qorikancha para construir la catedral; otras siguen encajadas sin argamasa desde hace cinco siglos. Los muros hablan de la fe, del poder y de la resistencia. De los que llegaron con la cruz y de los que aprendieron a rezar en un idioma nuevo sin olvidar el suyo.

El viajero que se detiene en la Plaza de Armas, al atardecer, puede ver cómo el sol se esconde detrás de los campanarios y tiñe las fachadas de oro. Por un instante, parece que el Inti regresa, saludando a las cúpulas de las iglesias que lo sustituyeron. Entonces, uno comprende que en Cuzco nada se pierde: todo se transforma.
Preguntas frecuentes sobre el Cuzco colonial cristiano
¿Cuándo se construyó la Catedral del Cuzco?
Su construcción comenzó en 1560 y se concluyó en 1664, utilizando piedras extraídas de la fortaleza inca de Sacsayhuamán.
¿Qué representa el Cristo de los Temblores?
Es el patrón del Cuzco y símbolo de sincretismo religioso. Su culto mezcla elementos católicos e indígenas.
¿Por qué la Iglesia de la Compañía de Jesús es tan importante?
Porque simboliza el poder de la orden jesuita y el auge del barroco andino. Su retablo mayor es uno de los más grandes de Sudamérica.
¿Qué es la Escuela Cusqueña de pintura?
Un movimiento artístico colonial que fusionó técnicas europeas con elementos andinos, dando origen a un arte mestizo único.
¿Sigue viva la fe cristiana en Cuzco?
Sí. Las procesiones, especialmente la del Corpus Christi y el Señor de los Temblores, siguen siendo pilares de la identidad local.




