El trayecto entre Puno y Cusco es uno de los recorridos más bellos del altiplano peruano. Une el Lago Titicaca, anteriormente comentado, con el antiguo corazón del Imperio Inca, la imponente ciudad de Cusco.

Con anterioridad a tomar el transporte que nos conduciría a un mundo de fantasía Inca, pernoctamos en la costera y peruana ciudad de Puno, después de un par de horas de viaje desde Copacabana. Aunque en el mapa parezca que están cerca, a tan solo 140 km, el viaje puede demorar hasta unas 3 horas o más, debido al tráfico, el mal estado de la carretera y el paso fronterizo entre Bolivia y Perú. No tengo mucho más que contar de la travesía fronteriza por lo que me centro ya en Puno.
La ciudad de Puno
Puno, conocida como la “Capital del Folklore del Perú”, es una ciudad vibrante situada a orillas del Lago Titicaca, en el altiplano andino, a 3.827 metros sobre el nivel del mar. Es la capital del departamento del mismo nombre y una de las ciudades más emblemáticas del sur peruano, tanto por su herencia cultural como por su profundo vínculo con el mundo andino y el lago sagrado.

Historia y origen
Puno tiene una historia milenaria que se remonta a civilizaciones anteriores a los incas. Fue parte del Reino de Tiahuanaco, una de las culturas más avanzadas de los Andes, que dominó la región alrededor del lago. Luego, en el siglo XV, pasó a formar parte del Imperio Inca, integrándose en la red de caminos y centros administrativos del Tawantinsuyo.
Durante la colonia, los españoles fundaron oficialmente la ciudad el 4 de noviembre de 1668 con el nombre de Nuestra Señora de la Concepción y San Carlos, como centro minero y de control de la plata proveniente de Laicacota. Su fundación se debió al interés por la explotación minera y al control político de la región, marcada por las disputas entre españoles peninsulares y criollos.

Geografía y entorno
La ciudad se asienta en una meseta rodeada de cerros y colinas, con el Titicaca extendiéndose a sus pies. El clima es frío y seco, con temperaturas que oscilan entre los 2 °C y 15 °C, y noches que pueden descender por debajo de cero. A pesar de ello, el paisaje es imponente: un horizonte abierto, cielos profundamente azules y una luz intensa que baña las aguas del lago.
Cultura y folklore
Puno es el corazón cultural del altiplano peruano. Como en otras regiones del Titicaca, su población es mayoritariamente quechua y aimara, y su identidad está profundamente ligada a las tradiciones andinas y a la cosmovisión del lago.

Cada febrero, se celebra la Fiesta de la Virgen de la Candelaria, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Durante más de dos semanas, la ciudad se transforma en un escenario de música, danza, máscaras y trajes deslumbrantes. Acordaos de la veneración de esta virgen que también se da en la vecina Copacabana (una virgen realizada a imagen y semejanza de la Virgen de Candelaria). La Candelaria, en este caso, también simboliza la unión del mundo cristiano con el andino, donde la Virgen es también vista como una representación de la Pachamama, la madre tierra.
Unas pinceladas sobre la Basílica Catedral de Puno que vimos de noche
La Basílica Catedral de Puno, ubicada frente a la Plaza de Armas, es el monumento religioso más importante de la ciudad y una de las obras maestras del barroco andino del siglo XVIII. Fue construida en 1757 donde se combina el arte europeo con símbolos de la cosmovisión andina, dando origen a una expresión arquitectónica única. Su fachada, tallada íntegramente en piedra, está adornada con figuras de sirenas, flores, soles y mazorcas de maíz, que reflejan la fusión entre el cristianismo y las creencias nativas. Con sus torres gemelas y su imponente portal, la catedral se levanta como testimonio de la riqueza cultural y espiritual del altiplano.


Atractivos turísticos
1. Lago Titicaca:
El principal atractivo de Puno. Desde su puerto parten embarcaciones hacia las islas flotantes de los Uros.

Estas islas forman uno de los asentamientos más singulares del mundo: un conjunto de islas flotantes construidas íntegramente con totora, una planta acuática abundante en el Lago Titicaca. Este archipiélago artificial es el hogar del pueblo Uro, una de las comunidades más antiguas del altiplano andino, que desarrolló estas islas como refugio natural frente a otros pueblos más poderosos. La estructura de cada isla se basa en bloques de raíces de totora unidos entre sí y recubiertos por capas de tallos secos, un sistema que exige mantenimiento constante y que demuestra la estrecha relación entre los Uros y el ecosistema del lago.

La vida cotidiana en las islas mantiene una esencia ancestral: viviendas, balsas, miradores y espacios comunales están hechos de la misma totora que sostiene el suelo. Las familias se dedican a la pesca, al trabajo artesanal y, en los últimos años, al turismo comunitario, que les permite mostrar su cultura y preservar sus tradiciones. Visitar las islas implica conocer un modo de vida profundamente ligado al agua y a la naturaleza, donde la cosmovisión andina, el respeto por el lago y las prácticas heredadas se combinan para mantener vivo un patrimonio cultural único en el mundo.
2. Isla Taquile:
Famosa por sus tejidos reconocidos por la UNESCO y su organización comunal. Los hombres tejen, las mujeres hilan, y todo se rige por principios de ayuda mutua.
3. Isla Amantaní:
Conocida como “la isla del amor”. Sus habitantes ofrecen alojamiento en sus casas y organizan danzas tradicionales para los visitantes.
4. Mirador de Kuntur Wasi:
Desde aquí se obtiene una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad y del lago. Se accede por una escalinata coronada por una gran escultura de cóndor.
5. Arco Deustua:
Monumento histórico erigido en honor a los héroes de la independencia. Desde este punto también se puede observar el perfil urbano de Puno.
6. Museo Dreyer:
Ubicado cerca de la Plaza de Armas, alberga cerámicas, esculturas y objetos de las culturas preinca como la Pukara o la Tiahuanaca e Inca, colonial y la republicana.
Gastronomía
La cocina puneña refleja la dureza del altiplano y el aprovechamiento de sus productos naturales. Destacan:
- Trucha del Titicaca, preparada al ajo, frita o en ceviche.
- Chairo, una sopa espesa de carne, papa y chuño (papa deshidratada).
- Pesque de quinua, cremoso y nutritivo.
- Caldo de cabeza y kankacho, cordero asado típico de la región.

Nosotros en particular nos acercamos a un cálido restaurante en la Plaza de Armas llamado Mojsa, nuestro primer contacto con comida peruano en nuestro viaje al norte desde Santiago de Chile. Probamos un rico pisco, ceviche de trucha del Titicaca y una alpaca a la parrilla (carne algo más dura pero jugosa). Tengo que decir que me quedé con ganas de probar un cuy en condiciones, aunque me lo reservo para la próxima visita.


Distancia y transporte de Puno a Cusco
La distancia es de unos 390 kilómetros, y se puede realizar en bus, tren o avión (desde Juliaca, a 45 km de Puno).
En nuestro caso contratamos a través de la agencia que gestionaba nuestro viaje el bus turístico (Ruta del Sol), con una duración de unas 8 horas, realizando paradas en lugares históricos y paisajes impresionantes como Pukara, el paso de La Raya, Raqchi (templo de Wiracocha) y la iglesia de Andahuaylillas, conocida como la Capilla Sixtina de América. Todo ello incluyendo guía, almuerzo y visitas, que recomiendo encarecidamente. A pesar de la larga duración, se hace muy ameno el viaje y paras en lugares de máximo interés histórico-cultural de la región Puno-Cusco.
Paisajes y altitud
El viaje atraviesa la meseta del Collao, un altiplano que supera los 3.800 metros de altura, pasando por comunidades campesinas, llamas y alpacas pastando, y picos nevados de la cordillera de los Andes. El punto más alto es el abra La Raya, a 4.335 metros, frontera natural entre las regiones de Puno y Cusco, y donde realizamos una parada estratégica.




Consejos
- Lleva abrigo: las temperaturas descienden bruscamente en el altiplano.
- Evita comidas pesadas antes de viajar: la altitud puede provocar malestar.
- Si viajas en bus turístico, reserva con antelación; las plazas se agotan fácilmente.
Primera parada: el sitio de Pucará
El Museo Arqueológico de Pucará, es uno de los más importantes del altiplano peruano y una visita esencial en la ruta entre Puno y Cusco, ubicado en el pequeño pueblo de Pucará, a tan solo unos 106 kilómetros al norte de Puno y 3890 metros sobre el nivel del mar, en pleno altiplano del Collao.

Origen y contexto histórico
Pucará fue la capital de la cultura pucará, una de las civilizaciones preincaicas más antiguas y enigmáticas del altiplano andino. Su desarrollo se estima entre el 500 a.C. y el 380 d.C., muchos siglos antes del esplendor inca.
Esta cultura destacó por su arquitectura monumental, su cerámica policromada (3000 años de tradición) y sus esculturas líticas de carácter religioso, influenciando después a otras culturas como la Tiahuanaco y la Colla.

La base de su subsistencia dependía de la agricultura intensiva de altura (creando montículos para retener o drenar el agua). En esos terrenos cultivaban papa, oca quinua, cañihua, entre otros. También dependían de la ganadería de llama, alpaca, guanaco y vicuña (alimentación y obtención de lana).


El museo se construyó en 1966 junto a la iglesia colonial de Santa Isabel de Pucará, en la misma plaza del pueblo. Su objetivo fue conservar y exhibir los hallazgos del sitio arqueológico de Kalassaya, situado a pocos metros del centro, donde se han encontrado templos, plazas y monolitos tallados.
El sitio arqueológico de Kalassaya
Antes de entrar al museo, vale entender su contexto: el complejo ceremonial de Kalassaya fue el núcleo religioso y político de la cultura pucará. Allí se levantaban plataformas escalonadas, pirámides truncas y patios hundidos usados para rituales agrícolas y ofrendas al Sol. Su importancia radica en el que se considera el primer asentamiento urbano en el altiplano.
Los arqueólogos han descubierto restos humanos, esculturas y ofrendas que demuestran una sociedad jerarquizada y un profundo culto a las fuerzas naturales, especialmente al agua, los cerros y los astros.
El museo y sus salas
El Museo Lítico de Pucará alberga una de las colecciones arqueológicas más completas del altiplano. Está organizado en dos secciones principales:
1. Sala lítica
Aquí se exponen monolitos tallados en piedra andesita, algunos de más de dos metros de altura. Representan figuras humanas, felinos y seres híbridos mitad hombre, mitad animal.
Los más destacados son:
- El Monolito del Sacerdote: una figura humana con ojos almendrados y expresión solemne, símbolo de poder espiritual.
- El Degollador: escultura que representa a un personaje portando una cabeza cortada, vinculada al culto del sacrificio ritual.
- Esculturas zoomorfas: pumas, serpientes y ranas, relacionados con la fertilidad y el agua.

Cada pieza está acompañada de información sobre su función simbólica y su procedencia dentro del sitio ceremonial.

2. Sala cerámica
La segunda sala muestra una amplia colección de cerámica policromada, decorada con tonos rojizos, amarillos, blancos y negros. Destacan las vasijas en forma de animales y los famosos toritos de Pucará, símbolo de protección y prosperidad.
Estas piezas no solo eran utilitarias, sino también rituales, usadas en ceremonias agrícolas y funerarias.
Los toritos de Pucará
Una de las piezas más conocidas derivadas de esta cultura son los toritos de Pucará, pequeñas esculturas de cerámica que hoy se colocan en los techos de las casas como amuletos.
Aunque su origen es prehispánico, el toro fue incorporado tras la llegada de los españoles, fusionando la tradición andina de los “guardianes del hogar” con el simbolismo del animal europeo.
Hoy, el torito representa fuerza, fertilidad, protección y buena fortuna, y sigue siendo uno de los íconos más queridos del sur del Perú.

Valor cultural y educativo
El museo no solo exhibe piezas antiguas, sino que permite entender cómo se organizaba la sociedad pucará: una cultura agrícola, profundamente espiritual y con dominio del arte escultórico.
De ahí que también profundice en alguna temática que ya nos va sonando de otros artículos de los Andes:
El Ekeko: un muñeco de corta estatura, sonriente, vestido con ropas típicas del altiplano, o como vimos en Bolivia, vestido de billetes. Suele cargar gran cantidad de bultos de alimentos y otros bienes. La estatuilla tiene un orificio en la boca para poder introducirle un tabaco o puro encendido. En resumen, otro amuleto de la suerte que lleva estando en la cultura andina desde 1500 a.C. considerándose un Dios de la abundancia, fecundidad y alegría. Dispone hasta de una oración, y decálogo y procedimiento para cuidarlo.

Ofrendas a la Pachamama: pudimos ver descritos aquellos rituales realizados por los habitantes andinos, con un profundo respeto a la naturaleza, a los apus (montañas), sol, la luna, etc, y en especial, a la madre tierra o la Pachamama, como parte de su religiosidad, considerándola como fuente de vida. Para ello, construyeron lugares sagrados para rendirle culto y celebrar lo místico.



El Yacimiento de Raqchi
Después de un breve alto en el paso de La Raya que une las comarcas de Puno y Cusco a 4335 metros y una breve parada para comer en una agradable estancia en el restaurante La Pascana de Mer, abordamos el yacimiento de Raqchi.

También conocido como el Templo de Wiracocha, el yacimiento de Raqchi, es uno de los sitios arqueológicos más impresionantes del sur del Perú y una de las paradas más destacadas de la Ruta del Sol entre Puno y Cusco. Restaurado en el año 1979 y con 4,3 km cuadrados de superficie, se encuentra ubicado en el distrito de San Pedro de Cacha, provincia de Canchis, a unos 120 kilómetros al sureste de Cusco, a 3.480 metros sobre el nivel del mar.

Origen y contexto histórico
Raqchi fue un importante centro religioso, administrativo y militar del Imperio Inca. Su nombre proviene del quechua “raqch’i”, que significa “arcilla o yeso”, en referencia a los materiales empleados en sus construcciones.
El complejo fue mandado construir por el Inca Viracocha, octavo gobernante del Tahuantinsuyo, aunque algunas crónicas sugieren que el lugar ya tenía un carácter sagrado antes de su expansión imperial. Posteriormente, su hijo, el Inca Pachacútec, lo amplió y consolidó como santuario mayor dedicado al dios creador Wiracocha, una de las deidades más poderosas del panteón andino.
El sitio también cumplía funciones de centro de control y descanso en el Camino Inca, sirviendo como punto de enlace entre Cusco y el altiplano del Collao.
El templo de Wiracocha
La construcción más emblemática del sitio es el Templo de Wiracocha, una de las obras más monumentales de la arquitectura incaica.
Su estructura central mide 92 metros de largo por 25 metros de ancho, con una pared central de piedra y adobe que alcanza hasta 14 metros de altura, considerada la más alta del Imperio Inca.


El muro divide el templo en dos naves longitudinales, sostenidas por columnas cilíndricas (de las cuales quedan los cimientos). Estas columnas servían para sostener un techo a dos aguas, probablemente de paja y madera (materiales perecederos comunes en la época inca), cubriendo toda la estructura.
El templo fue concebido para rendir culto a Wiracocha, el dios creador de todas las cosas, asociado al Sol, la lluvia y la fertilidad. Los sacerdotes ofrecían sacrificios y rituales en su honor, buscando asegurar la prosperidad agrícola del imperio.
Otros sectores del complejo arqueológico
Raqchi no es solo el templo; es un extenso conjunto con diversas zonas funcionales que muestran la complejidad del urbanismo inca:
1. Los recintos habitacionales y administrativos
Alrededor del templo se encuentran más de recintos dispuestos de forma ordenada, que habrían servido como viviendas de sacerdotes, almacenes (qollqas) y espacios para peregrinos. Las bases de piedra y los muros de adobe muestran el característico estilo inca: sólido, simétrico y armonioso.
2. El Sector C, Recintos multiuso
Es un conjunto arquitectónico de planificación octogonal, compuesta por una muralla que encierra 153 recintos circulares.

Estos recintos lo van a ocupar mayoritariamente artesanos en la última edad Inca (la de su esplendor). Los artesanos eran gente local, quienes hicieron uso específico de los espacios abiertos y de los recintos circulares como viviendas, talleres de cerámica, textilerías, almacenes de cerámica y otros para findes funerarios.

En el mapa podemos ver a qué se dedicaba cada recinto.
Los círculos rojos sin relleno eran viviendas.
Los círculos azules sin relleno eran almacenes de cerámica.
Los círculos rojos con relleno rosa eran destinados a fines funerarios.
Los círculos azules con relleno verde eran destinados a vivienda-taller.
3. El sector ceremonial y las fuentes de agua
Hacia el sur se hallan baños rituales y canales de agua, alimentados por manantiales naturales. El agua tenía un papel sagrado dentro de los rituales a Wiracocha, simbolizando la purificación y la fertilidad.
4. El muro perimetral y la plaza principal
El complejo estaba rodeado por un muro defensivo de piedra, que delimitaba el espacio sagrado. En el centro se extiende una plaza amplia, donde se realizaban ceremonias religiosas y concentraciones militares.
Es importante matizar que esta descripción comprende de la época incaica. En la época huari, este complejo era una fortaleza mucho menos sofisticada.
Entorno y paisaje
El sitio arqueológico se levanta en un entorno natural de gran belleza, rodeado por montañas, campos de cultivo y el río Vilcanota, que pasa a pocos metros y formaba parte del sistema sagrado del agua.
A pocos minutos se encuentra el pueblo actual de Raqchi, donde los habitantes mantienen tradiciones ancestrales, elaboran cerámica, textiles y organizan festividades en honor al dios Wiracocha.


Demostración de la conservación de las patatas
Antes de partir al autobús, nos hicieron un despliegue de patatas en el suelo. Parece que el propósito es que pasara la noche congeladas. Esto se debe a que cuando se congela el tubérculo, empieza a sudar agua, hasta que se seca (podemos ayudar aplastándolo). Una vez seco se almacena. En ese estado pueden estar 15-20 aós hasta que decides ponerle agua de nuevo y se rehidratan (tecnología andina lo llaman).

Última parada, la Iglesia de San Juan Bautista de Huaro
Situada en el pequeño pueblo de Huaro, a unos 40 kilómetros al sureste de Cusco, es una de las joyas más notables del Barroco Andino. Forma parte del famoso circuito de las “Rutas del Barroco Andino”, junto con las iglesias de Andahuaylillas y Canincunca, y destaca por sus impresionantes murales, tallas y retablos que combinan arte europeo con la espiritualidad indígena.

Contexto histórico
La iglesia fue construida a finales del siglo XVI y concluida en el XVII por la Sociedad de Jesús, durante la época colonial, sobre los restos de un antiguo templo dedicado a la Pachamama. Su fundación estuvo a cargo de los padres jesuitas, quienes impulsaron la evangelización de los pueblos del valle sur de Cusco, fusionando el mensaje cristiano con símbolos locales.
Huaro fue un centro importante de paso en el camino que conectaba Cusco con el altiplano, lo que permitió que la iglesia recibiera atención y recursos para su embellecimiento.
Arquitectura
El edificio es relativamente sobrio por fuera, con una estructura de adobe y piedra, techos de tejas y un campanario de base rectangular, y en forma escalonada. Pero su interior es de una riqueza sorprendente, completamente cubierto por pinturas murales que lo convierten en uno de los templos más decorados del Perú.

- Planta: de una sola nave, con techo de estilo encofrado morisco y un coro alto de madera. La plata que encontramos fue traída de Potosí y donada por el Imperio Austro-Húngaro.
- Retablo mayor: de estilo barroco, dorado en pan de oro de 24 kg alrededor de madera de cedro, dedicado a San Juan Bautista, el patrón del pueblo.
- Laterales: albergan altares menores consagrados a la Virgen del Rosario, San José y el Sagrado Corazón.
Los murales de la Iglesia
La gran singularidad de esta iglesia está en sus murales.
Sus pinturas cubren muros, bóvedas, columnas y zócalos, y relatan, con dramatismo y detalle, escenas del Infierno, ritual de la muerte en la casa del pobre y del rico, el árbol de la vida o la resurrección de los muertos, entre otros.

El estilo de Escalante es profundamente mestizo: combina técnicas del barroco europeo con elementos andinos, como la presencia de montañas, plantas autóctonas y animales locales (como vizcachas y cóndores).

Es una joya poco visitada en comparación con Andahuaylillas, pero muchos expertos la consideran incluso más impactante por la fuerza emocional y simbólica de sus murales.




