¿Podré escribir algo importante alguna vez? Espero que sí, porque lo que escribo puedo trasladar todo: mis pensamientos, mis ideales y mis fantasías.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
Este fragmento lo escribió Ana Frank durante la Segunda Guerra Mundial en su diario. Después de la guerra, su padre Otto, editó su diario en forma de libro. El libro se hizo tan famoso que, hoy día, este texto puede leerse en la fachada de la escuela a la que asistía Ana, y prácticamente, disponible en gran parte de las librerías del mundo.

Un año después de haber escrito esto, Ana fue asesinada solo por el hecho de ser judía. La vida de Ana fue muy corta: nada más que 15 años. Ana Frank no era la única alumna judía de su clase. 15 de sus compañeros podrían contarnos historias sobre clandestinidad, arrestos, hambre, enfermedad o muerte. La historia de Ana la conocemos muy bien porque ella misma la escribió en su diario.
Espero poder confiártelo todo, como aún no he podido hacer con nadie. Y espero que seas para mí un gran apoyo.
12 de junio de 1942, Ana Frank, Diario de Ana Frank
Comenzó a escribir en su diario el día en que cumplía 13 años. La mayor parte la escribió en la casa donde estuvo escondida más de dos años. Esa casa todavía existe; ahora es un museo: la casa de Ana Frank. Y es allí donde tuve la oportunidad de visitar a comienzos de años.
Consideración personal sobre el diario de Ana Frank
El diario de Ana Frank lo leí en mi adolescencia, y si bien me impactó, creo que, ahora siendo padre de dos hijas, empatizo mucho más con Otto y con el mantra de “hacer todo lo que fuera posible para salvar a tu familia y tus hijas”. También me sensibilizo mucho más con la situación de Ana, pensando que podría ser una hija mía viviendo en otro momento de la historia, mucho más hostil.
Es conveniente su lectura para hacer un ejercicio de entendimiento histórico y ser consciente de que la ideología extrema de unos pocos puede llevarnos a unas consecuencias tan nefastas como las ocurridas hace casi 100 años en el mundo. El diario de Ana Frank no es un texto especialmente adornado, ni sofisticado, tampoco te cuenta la vida de una familia que llame la atención por ser peculiar o famosa. Sin embargo, el contexto histórico, la vivencia personal de una familia judía de este negro episodio, juntamente con una Ana adolescente que estaba en su camino a la madurez, hace de este texto, un altavoz para las millones de familias judías que sufrieron este genocidio.

Después de estar dos años encerrados o mejor dicho, encarcelados, en una casa escondite, Ana, su familia y sus compañeros de vivencia, son arrastrados a los campos de concentración más sanguinarios del momento para ser vejados, torturados, gaseados y, en el caso de las jóvenes hermanas Frank, finalmente asesinadas en el campo de Bergen-Belsen.
En otras visitas a Ámsterdam no pude esperar las largas filas que se producían en la calle para hacer el recorrido por la casa. Por tanto, en esta ocasión pude hacer con antelación, una reserva en la web, disponiendo así de una franja horaria para entrar.
El museo es básicamente un recorrido por los tres pisos de lo que era la oficina principal de la empresa de Otto:
- el depósito o almacén en la planta baja;
- las oficinas de los empleados, amigos y colaboradores Victor Kugler, Miep Gies, Bep Voskuijl y Johammes Kleiman en la planta intermedia; y
- la despensa de especias en la planta de arriba.
Si avanzabas por la planta de la despensa llegas a una estantería giratoria que da acceso a la casa de atrás o “Secret annexe”. Aunque comentaremos más en detalle, esta se estructura en dos pisos con habitaciones y un desván. Aquí vivió Ana, su familia y sus compañeros durante dos años.



Según avanzas por las oficinas y las habitaciones secretas, te cuenta el desarrollo y viaje de la vida de Ana, desde su nacimiento, pasando por la huida a Ámsterdam, el escondite y la posterior captura y envío de la familia Frank a los campos de concentración.
La infancia de Ana Frank y el inicio de la persecución nazi en Alemania
Ana Frank nació el 12 de junio de 1929, en el seno de una familia judía alemana que llevaba una vida tranquila y ordenada. Vivía con sus padres, Otto y Edith, y con su hermana mayor, Margot, tres años mayor que ella. Su hogar estaba en Frankfurt del Meno, una ciudad antigua y próspera, donde la rutina familiar transcurría sin sobresaltos. Edith se ocupaba de la casa; Otto trabajaba en un banco. Los domingos, a veces, acudían a la sinagoga, sin que la religión marcara de forma rígida su día a día. Ana y Margot pasaban las tardes jugando en la calle con otros niños del barrio, ajenas aún a cualquier preocupación seria, creciendo en un entorno que parecía estable y seguro.

Todo empezó a cambiar en 1933. Un partido abiertamente antisemita llegó al poder en Alemania, liderado por Adolf Hitler. Los nazis, como se conocía a sus miembros, se presentaban como la solución a la crisis de un país empobrecido y humillado tras la Primera Guerra Mundial. Prometían devolver el orgullo nacional y fortalecer Alemania bajo la idea de un liderazgo firme y una sociedad unida frente a supuestos enemigos. Para ellos, esos enemigos eran, sobre todo, los judíos. A través de discursos, propaganda y mensajes constantes, difundieron la idea de que los judíos eran peligrosos y responsables de los males del país, apoyándose en prejuicios que llevaban siglos arraigados en la sociedad europea.
Las palabras pronto se transformaron en hechos. El nuevo régimen actuó con rapidez y dureza: arrestó a quienes pensaban diferente y los encerró en campos de concentración; quemó libros de autores judíos y opositores políticos; expulsó a maestros y funcionarios judíos de sus trabajos. En las escuelas, los niños judíos fueron apartados de sus compañeros. También fueron perseguidos otros grupos considerados “indeseables”, como personas con discapacidad, gitanos y homosexuales. Se prohibió a la población comprar en tiendas judías y la discriminación se volvió cotidiana, visible, constante. Los nazis estaban en todas partes, y lo que antes había sido una vida normal empezó a volverse, para las familias judías como la de Ana, claramente peligrosa.
La huida de la familia Frank a Ámsterdam y el avance de la persecución nazi en Europa
La decisión de marcharse de Alemania no fue repentina, pero sí inevitable. Los padres de Ana comprendieron que su país ya no era un lugar seguro para una familia judía. Otto Frank fue el primero en actuar: viajó al extranjero en busca de trabajo y encontró en Holanda una oportunidad para empezar de nuevo. Así, a comienzos de los años treinta, la familia Frank se instaló en Ámsterdam. Ana tenía casi cinco años. Vivían en un barrio nuevo, tranquilo, y muy pronto la ciudad se convirtió para ella en un hogar. Fue al colegio, aprendió holandés con rapidez y empezó a hacer amigas, tanto holandesas como alemanas, porque no era la única niña judía refugiada en el vecindario. Otto fundó una empresa llamada Opecta, dedicada a la venta de un producto para hacer mermeladas, y trabajó sin descanso para sacarla adelante. Se notaba el nivel monetario de la familia Frank porque disponía de recursos para hacer cortos de anuncios del producto, cuando en ese tiempo, rodar un anuncio implicaba estar muy adelantado a su tiempo.

Mientras tanto, en Alemania, la violencia antisemita se intensificaba. El objetivo del régimen nazi era claro: hacer desaparecer a los judíos de la vida pública. En 1938, durante la llamada Noche de los Cristales Rotos, sinagogas y comercios judíos fueron destruidos e incendiados en todo el país; miles de personas fueron golpeadas y arrestadas. Muchos judíos intentaron huir, aunque no todos los países estaban dispuestos a acogerlos. A pesar de todo, muchos aún creían estar a salvo. Pero el régimen de Adolf Hitler no se detenía: Alemania se armaba sin descanso y aspiraba a dominar Europa. En 1939 invadió Polonia, lo que provocó la entrada en guerra de Inglaterra y Francia. Así comenzó la Segunda Guerra Mundial. El 10 de mayo de 1940, el ejército alemán invadió Holanda. La resistencia duró poco. Tras el bombardeo de Rotterdam, que arrasó el centro de la ciudad, y ante la amenaza de nuevos ataques, el ejército holandés se rindió.

Con la ocupación alemana, el peligro que los judíos habían conocido en Alemania se trasladó también a Holanda. Al principio, la vida cotidiana parecía continuar casi con normalidad. Ana y Margot podían moverse libremente, ir a la escuela y pasear por su barrio, cerca de la plaza Merwedeplein, en el sur de Ámsterdam. De esos días queda una imagen única: un breve fragmento de película en el que Ana aparece asomada a una ventana, observando la calle durante la boda de una vecina, curiosa y sonriente, ajena aún a lo que estaba por venir. Pero esa normalidad fue desapareciendo poco a poco.
Meses después, las dos hermanas tuvieron que cambiar de colegio y asistir al liceo judío, porque ya no se permitía que niños judíos y no judíos compartieran escuela. Las restricciones se sucedieron una tras otra: primero la prohibición de trabajar para la administración pública, luego la obligación de entregar las empresas, después los documentos de identidad marcados con una “J”, la exclusión de espacios públicos y, finalmente, la imposición de llevar la estrella amarilla de David. Paso a paso, la libertad de los judíos se fue reduciendo hasta casi desaparecer.

El regalo del Diario, el punto de inflexión
Cuando Ana cumple 13 años, le regalan un diario. Se pone muy contenta con él y enseguida comienza a escribir.

Tengo que informarte de todo. Lo mejor será que empiece desde el momento en que te recibí, o sea, cuando te vi en la mesa.
Domingo, 14 de junio de 1942, Ana Frank, Diario de Ana Frank
Ana trata su diario como si fuese una amiga. Ni se imagina que tres semanas más tarde nunca volverá a ver a sus verdaderas amigas, porque entonces tendrá que esconderse. Era un domingo. Ana lee sentada al sol. Llaman a la puerta. Es un cartero que trae correo certificado para Margot. Margot debe presentarse para ir a trabajar a Alemania. Esta no es una citación cualquiera. Si Margot se presenta, quizá no vuelvan a verla nunca más. Pero si Margot no se presenta, vendrá a buscar a la policía y castigaran a toda la familia.

Me asusté muchísimo. Una citación. Todo el mundo sabe lo que eso significa. En mi mente parecieron campos de concentración y celdas solitarias.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
El escondite de Ana Frank: la vida en la casa de atrás durante la ocupación nazi
Los padres de Ana intuían que el peligro ya no era una amenaza lejana. Desde hacía tiempo habían planeado esconderse y, cuando llegó el momento, no dudaron. La decisión fue inmediata. A la mañana siguiente, Miep Gies acudió a buscar a Margot. Las dos salieron en bicicleta, intentando que aquel gesto no llamara la atención. Poco después, Ana y sus padres abandonaron también su casa. Llevaban consigo tanta ropa y objetos como podían cargar, pero con cuidado de no parecer sospechosos. Caminaron durante casi una hora por la ciudad. Otto Frank le explicó a Ana que el escondite se encontraba en el edificio de su empresa, en el centro de Ámsterdam, cerca de la iglesia del oeste (Westertoren).


Desde la calle parecía un lugar normal: en la parte delantera estaban las oficinas y el almacén; detrás, oculta a las miradas, y tras pasar una estantería que hacía de tapadera, se alzaba la llamada “casa de atrás” (the Secret Annexe), el lugar donde intentarían desaparecer.





El escondite no era un secreto improvisado. Desde hacía semanas, varios empleados de confianza —Miep Gies, Bep Voskuijl, Victor Kugler y Johannes Kleiman— ayudaban a preparar aquel espacio. Habían prometido llevarles comida, ropa y todo lo necesario para sobrevivir. Sabían que hacerlo era extremadamente peligroso: ayudar a judíos se castigaba con dureza por las autoridades nazis. Diez días después de la llegada de los Frank, otra familia judía se unió al escondite: los Van Pels. Hermann Van Pels trabajaba con Otto y sus familias se conocían desde hacía años. Ana observó con distancia al hijo del matrimonio, Peter, al que encontró reservado y poco interesante, sin imaginar aún el papel que tendría en su vida durante el encierro.



Como adelanté anteriormente, la casa de atrás era pequeña y estaba distribuida en dos plantas y un desván. En la planta inferior vivían los Frank: una habitación para Otto y Edith y otra para Ana y Margot.







En la planta superior, una habitación algo grande servía a la vez de dormitorio para Hermann y Auguste Van Pels, y de cocina y comedor compartidos. Peter ocupaba un cuarto diminuto junto a esta estancia.





Por una estrecha escalera se accedía al desván, utilizado como almacén. Aquel espacio reducido, silencioso durante el día y lleno de tensiones, se convirtió desde ese momento en el mundo entero de Ana Frank.

Naturalmente, nunca podemos mirar por la ventana o salir fuera. También tenemos que ser muy silenciosos porque no nos deben oír abajo. Tengo miedo de que nos descubran y que nos fusilen.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
El riesgo de estar escondidos. Un paso en falso conllevaría la detención inmediata.
El escondite debía permanecer completamente invisible. Nadie podía sospechar que allí vivían personas. Para evitar miradas indiscretas, las ventanas se cubrieron con cortinas gruesas que nunca se abrían. Bajo todo el edificio se extendía un gran almacén que comunicaba la calle con el jardín interior. Allí trabajaban empleados que no debían saber nada de los escondidos. Tampoco los clientes y visitantes de la empresa podían imaginar que, a pocos metros de ellos, varias familias vivían ocultas en silencio.
Durante el día, el peligro era constante. En la casa de atrás se oía absolutamente todo: pasos, voces, el arrastre de una silla. Por eso, mientras abajo se trabajaba con normalidad, los escondidos tenían que moverse lo menos posible. Caminar descalzos, no tirar de la cadena (el uso del baño deberían dejarlo para las horas no laborables o nocturnas), no hablar en voz alta. El miedo a ser descubiertos convertía cada jornada en una prueba de autocontrol. El acceso al refugio estaba cuidadosamente camuflado: como he comentado anteriormente, una estantería giratoria ocultaba la puerta que conducía a la casa de atrás, un detalle ingenioso que les daba una falsa sensación de seguridad.

Uno de los aspectos que me llamó la atención es que pudieran vivir allí durante dos años sin levantar sospechas. Miep y Bep tenían que acudir al mercado negro a comprar comida y cartillas de racionamiento, porque no podían hacerlo de manera oficial sin llamar la atención. Comprar raciones para 8 comensales adicionales todos los días sin que surgieran preguntas incómodas era un riesgo enorme que corrían todos (colaboradores y judíos).

A nuestros numerosos amigos y conocidos judíos se los están llevando en grupos. Los cargan nada menos que en camiones de ganado y los envían a Westerbork, el gran campo de judíos en la provincia de Drenthe. Huir es prácticamente imposible. Si ya en Holanda la situación es tan desastrosa, ¿cómo vivirán en las regiones apartadas y bárbaras adonde las envían? Nosotros suponemos que a la mayoría los matan. La radio inglesa dice que los matan en cámaras de gas. Quizá sea la forma más rápida de morir. Estoy tan confundida.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
La llegada de Pfeffer
En noviembre, la casa de atrás se volvió todavía más pequeña. Llegó un nuevo habitante: Fritz Pfeffer, un viejo conocido de la familia. Para hacerle sitio, colocaron una cama en la habitación de Ana, y Margot pasó a dormir con sus padres. Para Ana, aquel cambio fue difícil. Pfeffer era un hombre estricto, poco flexible, y la convivencia entre ambos pronto se llenó de roces. Discutían con frecuencia. Ana sentía que la vigilaba constantemente: cualquier error, por pequeño que fuera, acababa en una reprimenda, que además llegaba también a oídos de su madre. La falta de intimidad y la sensación de estar siempre juzgada pesaban mucho en ella.
Las tensiones no se limitaban a Ana y Pfeffer. Entre los adultos también surgían conflictos. Ocho personas compartiendo un espacio reducido, sin posibilidad de salir, sin silencio real ni descanso mental, era una prueba diaria. A esa presión constante se sumaba el miedo permanente a ser descubiertos. Cada ruido, cada paso en el almacén de abajo, podía significar el final. La convivencia se volvía más dura cuanto más tiempo pasaba, y las discusiones eran casi inevitables.

Fritz Pfeffer traía además noticias del exterior, y ninguna era tranquilizadora. Contaba cómo los nazis cerraban calles enteras y sacaban a los judíos de sus casas sin excepción: niños, ancianos, enfermos. En Ámsterdam, las detenciones se habían vuelto habituales. Muchos judíos eran arrestados y enviados al campo de Westerbork. Desde allí, eran deportados a campos de concentración en Europa Oriental. Escuchar esos relatos hacía el encierro aún más angustioso, pero también confirmaba que, pese a todo, la casa de atrás seguía siendo el único lugar donde aún podían seguir con vida.
Me siento mal por estar en una cama caliente mientras que allí fuera a mis más queridas amigas las han maltratado o han caído. Y todo por ser judías (refiriéndose a sus amigas Sanne y Hanneli).
Ana Frank, Diario de Ana Frank
Esperanza y miedo en la casa de atrás: resistencia, guerra y noticias que escucha Ana Frank
Ana se estremece al conocer las palabras de Hanns Albin Rauter, jefe de las SS en Holanda: antes del 1 de julio de 1943, todos los judíos del país debían ser enviados a campos en Polonia. Detrás de esa orden había algo aún más terrible, aunque no se dijera en voz alta: los nazis habían decidido asesinar sistemáticamente al mayor número posible de judíos en Europa. Para los escondidos, aquella noticia confirmó que el peligro ya no tenía matices ni excepciones. El tiempo corría en su contra.
Aun así, entre el miedo surgían pequeñas grietas de esperanza. Ana se anima al saber que no todos obedecen. Existen personas que resisten. Un grupo de la resistencia ha incendiado el edificio del Registro de la Población de Ámsterdam, lo que dificulta la identificación de los judíos.
Desde la casa de atrás, el mundo exterior llega a través de la radio. Los escondidos siguen con atención las noticias del extranjero. En julio de 1943, el ejército nazi es derrotado por las fuerzas de Estados Unidos, Canadá e Inglaterra. Alemania empieza a verse acorralada. En el este, el ejército ruso avanza y combate sin tregua. Desde Inglaterra, cada noche despegan aviones bombarderos rumbo a Alemania para atacar desde el aire. Ana los oye pasar sobre Ámsterdam.
Los ataques aéreos sobre las ciudades alemanas son cada vez más intensos. Ya no podemos dormir por las noches. Tengo ojeras por la falta de sueño.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
Destruyen fábricas y ciudades. A veces Ámsterdam es bombardeada. Los ingleses quieren atacar una fábrica de aviones, pero las bombas caen en una zona residencial. La casa de atrás está a solo unos kilómetros del lugar.
La destrucción debe ser espantosa. Me dan escalofríos cuando escucho el sordo ruido a lo lejos que era para nosotros un signo de la inminente aniquilación.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
Mi querida Kitty, cuando subí al desván esta mañana, estaba Peter allí ordenando cosas. Acabó rápido y vino donde yo estaba, sentada en el suelo, en mi rincón favorito. Peter estaba de pie y yo seguía sentada. Respiramos el aire, miramos hacia afuera y sentimos que era algo que no había que interrumpir con palabras. Tuve la certeza de que era un buen tipo.
23 de febrero de 1944, Ana Frank, Diario de Ana Frank
Peter y Ana están mucho juntos, pero unos meses después, Ana ya no está tan prendada por él y toma distancia de Peter. Comienza a escribir más en su diario.
Mi querida Kitty, anoche, por radio Orange, el ministro Bolkestein dijo que, después de la guerra, se hará una recolección de diarios y cartas relativos a la guerra. Por supuesto que todos se abalanzaron sobre mi diario. Imagínate lo interesante que sería editar una novela sobre la casa de atrás. El título daría a pensar que se trata de una novela de detectives.
29 de marzo de 1944, Ana Frank, Diario de Ana Frank
Para su libro, Ana reescribió todo en hojas de papel sueltas. En la parte de los diarios que se exhiben en el museo destacan el diario oficial que le fue regalado a Ana antes del encierro en la casa (del que falta todo 1943) y el diario en su totalidad reescrito.
Mi querida Kitty, This is the day ha dicho a las 12 del mediodía la radio inglesa, y con toda razón, THIS IS THE DAY. La invasión ha comenzado.
Martes, 6 de junio de 1944, Ana Frank, Diario de Ana Frank
La invasión aliada y los sueños de futuro de Ana Frank en la casa de atrás
La invasión aliada tomó por sorpresa a los alemanes. Las fuerzas aliadas eran poderosas, pero su avance era lento y difícil. El ejército alemán ofrecía una resistencia feroz, y cada kilómetro ganado costaba tiempo y vidas. Todo dependía de un punto clave: la construcción de un puerto que permitiera desembarcar hombres, armas y suministros. Solo entonces los aliados podrían inclinar la balanza a su favor.
En la casa de atrás, la guerra se seguía casi minuto a minuto. Sobre un mapa de Normandía, Otto Frank marcaba con chinchetas el avance de los aliados. La radio permanecía encendida siempre que era posible. Cada noticia alimentaba la misma pregunta: ¿habrá llegado por fin la liberación tan esperada? Ana lo escribe en su diario con emoción contenida: “Lo más hermoso de la invasión es que me parece que quienes se acercan son amigos”. Por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no parece una ilusión frágil, sino algo cercano y real.
Ese optimismo se cuela también en sus planes de futuro. Ana y Margot imaginan volver a la escuela en octubre. Margot sueña con ser enfermera maternal infantil. Ana se ve a sí misma como escritora y periodista. Mientras tanto, continúa reescribiendo su diario con la intención de publicarlo algún día, sin dejar de escribir en el original. En esas páginas, Ana reflexiona cada vez con más profundidad sobre quién es, sobre el mundo y sobre la injusticia que la rodea. El encierro sigue, pero su pensamiento ya empieza a mirar más allá.
A los jóvenes nos resulta doblemente difícil conservar nuestras opiniones en unos tiempos en los que se destruye y se aplasta cualquier idealismo, en los que la gente deja ver su lado más desdeñable, en los que se duda de la verdad, de la justicia y de Dios. Es un milagro que todavía no haya renunciado a todas mis esperanzas porque parecen absurdas e irrealizables, sin embargo, sigo aferrándome a ellas, pese a todo porque sigo creyendo en la bondad interna de los hombres. Me es absolutamente imposible construir cualquier cosa sobre la base de la muerte, la desgracia y la confusión.
Ana Frank, Diario de Ana Frank
La traición y el arresto de Ana Frank: el final de la casa de atrás en Ámsterdam
Los aliados aún no habían llegado a París cuando, el 4 de agosto de 1944, todo terminó de forma abrupta. Ese día, un desconocido llamó por teléfono a la policía alemana en Ámsterdam y dio un aviso preciso: en el número 263 del canal Prinsengracht había judíos escondidos. La reacción fue inmediata.
Un oficial de las SS, acompañado por tres policías holandeses, se dirigió al edificio. Atravesaron el almacén y subieron a las oficinas, donde sorprendieron a los protectores de los escondidos, que ya no podían hacer nada para evitar lo inevitable. Arrestaron a Johannes Kleiman y a Victor Kugler. Después, continuaron hacia la casa de atrás. Allí detuvieron a todos los que se ocultaban y se los llevaron, uno a uno, a prisión.
Ese mismo día, más tarde, Miep Gies y Bep Voskuijl regresaron a la casa de atrás. El lugar estaba completamente revuelto. Los agentes habían registrado cada rincón con calma, buscando objetos de valor que pudieran llevarse. Entre el desorden, en el suelo y sobre las mesas, estaban los cuadernos y papeles de Ana. Miep los recogió y los guardó con cuidado. Los conservó con una única intención: devolvérselos a Ana cuando regresara. Aún no sabía que esas páginas serían lo único que volvería de ella.
La deportación y muerte de Ana Frank: el destino de la familia tras los campos nazis
Tras su detención, Ana fue arrancada de cualquier atisbo de estabilidad y obligada a un peregrinaje brutal por los campos nazis. Junto a los demás escondidos fue enviada primero a Westerbork.


Un mes después, la deportaron en un viaje de tres días, sin comida ni agua, hasta Auschwitz, el mayor campo de exterminio del sistema nazi. Casi dos meses más tarde, Ana y su hermana Margot fueron trasladadas a Bergen-Belsen. Allí permanecieron alrededor de cinco meses. El hambre constante, el frío y la fiebre tifoidea acabaron venciendo a Ana, enferma y agotada física y mentalmente.

Pocas semanas después, el ejército británico liberó el campo. Encontraron más muertos que supervivientes. Margot había permanecido junto a Ana hasta el final; murió de tifus poco antes que su hermana. Edith Frank, la madre de Ana, murió de hambre y agotamiento en Auschwitz. Auguste van Pels falleció durante un transporte hacia Theresienstadt. Hermann van Pels fue asesinado en la cámara de gas de Auschwitz. Peter van Pels murió en Mauthausen el 5 de mayo de 1945 (tres días antes de la liberación). Fritz Pfeffer murió en el campo de trabajo de Neuengamme. De todos ellos, solo Otto Frank sobrevivió a los campos de concentración y exterminio (y milagrosamente a Auschwitz).

De los 102.000 judíos deportados desde Holanda, únicamente unos 5.000 seguían con vida al final de la guerra. En mayo de 1945, Alemania fue derrotada y el régimen nazi cayó. Un mes después, en junio de 1945, Otto Frank regresó a Holanda. Johannes Kleiman y Victor Kugler también sobrevivieron a su detención. Con ellos volvió una verdad insoportable: Ana no regresaría, pero sus palabras sí.

Otto Frank y la publicación del diario: cómo se cumplió el sueño de Ana Frank de ser escritora
Cuando Otto Frank conoció el destino de su esposa y de sus hijas, la confirmación fue definitiva: Ana y Margot no volverían. En ese momento, Miep Gies le entregó los cuadernos y papeles que había guardado desde el día de la detención. Otto empezó a leerlos uno a uno. En esas páginas encontró no solo el relato del encierro, sino una voz lúcida, crítica y sorprendentemente madura. Descubrió también algo que no sabía con certeza: Ana quería publicar un libro. Ese deseo, escrito negro sobre blanco, le dio un propósito.
Con paciencia y respeto, Otto reunió los distintos cuadernos, las hojas sueltas y la versión que Ana había comenzado a reescribir con la idea de publicarla tras la guerra. Seleccionó, ordenó y dio forma a todo ese material. Así nació el libro que Ana no pudo ver impreso. Al hacerlo, Otto Frank convirtió en realidad el sueño de su hija: ser escritora. Lo que comenzó como un diario íntimo terminó convirtiéndose en uno de los testimonios más leídos y universales del siglo XX.


Cuando me volví, me dijeron que mis hijos no regresarían, Miep Gies me entregó el diario. Fue un milagro que yo sobreviviera. Me llevó mucho tiempo leerlo, y me sorprendió, por los profundos pensamientos que tenía Ana, la seriedad y la crítica por sí misma. Era algo muy diferente de lo que yo conocía. Nunca llegó a enseñar ese sentimiento profundo interior. Hablaba y criticaba muchas cosas pero sus sentimientos pude solo verlos descritos en el diario.
Otto Frank




