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De las casas bajo tierra al corazón del Sáhara: Matmata, Toujane y el atardecer de Douz

Una jornada completa que empieza en las montañas bereberes y termina con un sol naranja hundiéndose en las dunas del Sáhara

📍 Toujane → Matmata → Taoujout → Douz

Hay jornadas de viaje que funcionan como una buena novela: el primer capítulo te sitúa en un mundo desconocido, los capítulos intermedios te lo explican capa a capa, y el último te regala un final que no esperabas que te emocionara tanto. Esta fue una de ellas. Empezamos en lo alto de una montaña bereber donde el tiempo lleva décadas detenido. La terminamos mirando cómo un sol del tamaño de lo que nunca habíamos visto se disolvía en arena naranja sobre el Sáhara. Lo de en medio fue tan bueno como los extremos.

La ruta del día: de la montaña al desierto

Mañana TempranoToujanePueblo bereber de montaña ocre entre las rocas del Dahar
Media MañanaMatmata – Hotel Sidi DrissLas casas del planeta Tatooine. La arquitectura que se esconde bajo tierra
MediodíaTaoujoutPueblo bereber de montaña, habitado, con vistas a la llanura
TardeDouz — Dunas del Sáhara4×4 en familia por las dunas. Camello al atardecer.
Puesta de SolZa’afaran — el atardecerEl momento que justifica el viaje entero

Toujane: el pueblo que el color del desierto oculta

La primera parada de la jornada es la menos conocida, y probablemente la más auténtica. Toujane es un pueblo bereber encaramado en la cordillera del Dahar que lleva siglos siendo invisible. Sus casas de piedra ocre se confunden tan bien con la roca de la montaña que, desde lejos, el pueblo no existe. Solo cuando te acercas empiezan a aparecer los muros, las ventanas pequeñas, los vanos de las puertas. Si los paisajes son grandiosos, con una vista directa al mar a solo 40-50 km en línea recta, la vida aquí ha sido siempre dura: las cosechas dependen de las lluvias caprichosas, las tierras de cultivo están lejos, y las fuentes de agua, más bajas que el pueblo, no permiten todavía la conexión directa a las casas.

El camino que sube hasta Toujane fue durante décadas una pista de tierra que aislaba el pueblo del resto del mundo. En los años 70, muchos abandonaron el pueblo para buscar trabajo en el extranjero o en las nuevas ciudades de la llanura, con agua corriente y electricidad. Hace algunos años, el camino se convirtió en carretera, abriendo este rincón remoto al mundo exterior. Hoy Toujane vive en ese equilibrio delicado entre la vida tradicional que permanece y la modernidad que llega despacio. El pueblo es famoso entre los locales por la fabricación de alfombras bereberes y la miel de la montaña, dos productos que puedes comprar directamente a los artesanos en las casas.

En Toujane, nos acogió una mujer bereber que estaba tejiendo alfombras, y pudimos verla en su oficio. Tuvo el detalle de fabricar en poco tiempo una pulsera a medida para mi hija mayor que la aceptó con mucha ilusión. El negocio funcionaba de manera muy tradicional y familiar; mientras la mujer bereber fabricaba textiles en su telar, el hijo mayor los tenía expuestos en el piso de arriba para la venta directa.

Además de las alfombras, nos dieron a probar una cucharada de la rica miel que también trabajan. Aunque en este caso decidimos no comprar por la dificultad de llevar líquidos sin facturar la maleta.

La Rosa del Desierto

Por último, también quiero comentar unas notas sobre la icónica rosa del desierto, la cual se vende a lo largo y ancho de todo el país, y no cuesta más de 2-3 euros por pieza. La rosa no es una planta como tal, sino un mineral que tiene forma de la famosa flor.

Realmente, es un cristal de yeso o barita que se forma en zonas áridas cuando el agua salada se evapora y los minerales cristalizan atrapando arena. La forma recuerda a una flor. Se encuentra en lugares como el Sáhara, México o zonas desérticas de Estados Unidos.

Efectos que se le atribuyen

No hay evidencia científica de que tenga efectos físicos, energéticos o psicológicos medibles. Pero en el ámbito esotérico y de la cristaloterapia se dice que:

  • ayuda a la claridad mental
  • favorece la concentración
  • aporta “calma emocional”
  • protege frente a energías negativas
  • ayuda en la meditación
  • mejora la autoestima o la seguridad personal

Todo eso pertenece a creencias espirituales o simbólicas, no a medicina ni ciencia demostrada.

También mucha gente la usa simplemente como decoración o colección mineralógica.

La parada en Toujane no es de las que aparecen en todos los itinerarios turísticos. Eso es exactamente lo que la hace valer.

Matmata: cuando la casa es un agujero en la tierra

Hay dos tipos de arquitectura troglodita bereber en el sur de Túnez, y conviene distinguirlas porque representan respuestas distintas al mismo problema —el calor y el camuflaje— en geografías distintas.

Los pueblos que vimos en la jornada anterior —Chenini, Guermassa— son trogloditas de montaña: casas excavadas horizontalmente en la ladera de una roca, con la entrada hacia el exterior. Matmata representa el otro modelo, completamente diferente: la casa-cráter, o troglodita de llanura. Aquí no hay montaña que excavar. Solo tierra compacta y llana. La solución bereber fue excavar verticalmente: abrir un pozo de entre 8 y 13 metros de diámetro y entre 6 y 10 metros de profundidad, y alrededor de ese patio circular subterráneo abrir las habitaciones.

Las modernas casas y mezquitas blancas casi estropean su aspecto lunar una vez descrito por los viajeros. No por eso el escenario deja de ser irreal: un gran cuenco de tierra desmontada, erizado de palmeras y sembrado de cráteres en número de 700. Dicen los historiadores que los beréberes de Matmata construían sus agujeros para escapar a la atención de sus enemigos. El enemigo que no divisase estos vastos cráteres no habría estado a la altura de los beréberes quienes, una vez hallados, hubieran sido blancos perfectos en el interior de sus viviendas semejantes a tumbas. La explicación práctica que parece más plausible es la siguiente: el suelo de estas montañas se presta menos a la construcción que a la excavación por su blandura y gran cohesión.

Los habitantes no eran meros trogloditas, sino habilísimos constructores, cuyas viviendas subterráneas constituyen un innegable adelanto comparadas con las cavernas de los acantilados habitadas por sus vecinos. Los cráteres son circulares, con diez metros de profundidad y diámetro. El túnel de entrada penetra en la tierra a alguna distancia en pendiente poco inclinada y cuenta, con cámaras para los animales.

En las paredes del patio o haush, las habitaciones se encuentran muy apiñadas, con unos seis metros de profundidad, muy bien aisladas pero con tendencia a hundirse cuando la lluvia ablanda el suelo. Las viviendas más someras pueden alcanzarse desde pozos, que permiten la descarga de los cereales y aceitunas que se cosechan. En las alcobas empotradas en la pared están las camas y, cuando hacen falta más repisas, basta con excavarlas en la pared. Las mujeres, con atuendos llenos de colorido en sus futas rojas o azules y bajunqs negros, aún muelen las semillas o el cuscús en piedras de moler que se vienen empleando desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, al elevarse el nivel de vida en tiempos recientes, literalmente también se han elevado sus viviendas hasta el nivel del suelo. Todos los habitantes, como un solo hombre, han salido de su mundo subterráneo.

Cómo se construyeTemperatura interiorPor qué son invisiblesAntigüedadCuántas quedanEl gran drama: 1969
Se excava un gran pozo vertical en la tierra. Alrededor del patio resultante se abren las cámaras laterales.Constante todo el año: entre 17°C y 20°C. Fresca en verano (45°C exterior), templada en invierno.Desde el exterior del desierto no se ven: solo al asomarte al borde del patio aparece la casa. Defensa natural perfecta.Más de 3.000 años de historia. Las primeras excavaciones datan de época bereber preislámica.Unas 50 familias siguen habitando estas casas. Muchas otras están abiertas como museos o alojamientos.Lluvias torrenciales durante 22 días inundaron y derrumbaron buena parte de las casas. Muchas familias se trasladaron a la Nueva Matmata, 15 km al norte.

Una casa bereber de Matmata no se ve desde fuera. No existe en el horizonte. Te asomas al borde de lo que parece un cráter y de repente aparece ahí abajo: el patio, las puertas, la vida entera de una familia bajo tierra. Es una de las primeras veces en el viaje en que el asombro llega de abajo arriba.

El Hotel Sidi Driss: la casa de Luke que se esconde bajo tierra

Ya hablamos de él en el artículo sobre los escenarios de Star Wars, pero verlo en persona añade una dimensión que ninguna pantalla puede transmitir. El Hotel Sidi Driss no fue construido para el cine: es una vivienda troglodita bereber auténtica, probablemente excavada hace siglos. George Lucas usó la profundidad vertical y la arquitectura orgánica para crear la sensación de hogar-refugio que necesitaba para la familia Lars, en contraste con la vastedad del desierto exterior.

El hotel ha preservado el comedor, los frescos de techo azul y las puertas en arco. Cientos de fans de todo el mundo duermen aquí cada año para vivir Tatooine desde dentro. Pero lo que más te golpea, si vas con familia, es una cosa muy sencilla: bajar los escalones hacia el patio y entender físicamente, no solo intelectualmente, que estás bajo el nivel del suelo. Que sobre tu cabeza hay tierra. Y que la temperatura es de repente diez grados menos que fuera. Los bereberes resolvieron el problema del calor del Sáhara hace tres mil años. No con tecnología. Con geometría.

ℹ️ Visitar el Hotel Sidi Driss

  • Cobra una pequeña entrada si vas solo a visitar (sin alojarte), de unos 3–5 DT por persona
  • Tiene fotos del rodaje original colgadas en las paredes: busca las del equipo de Lucas en 1976
  • Si solo puedes ir a una casa troglodita, que sea esta: combina arquitectura auténtica con historia cinematográfica
  • Las familias de las casas vecinas que abren al turismo cobran propina (1–3 DT): es la economía de muchos hogares, acéptalo con naturalidad

Es, probablemente, uno de los lugares más explotados de toda la saga y, aun así, da la sensación de que podrían sacarle mucho más partido. Cuando llegamos, el patio estaba prácticamente vacío y pudimos recorrerlo casi solos. El ambiente lo recrean con música de las películas y algunos murales de los personajes, aunque la ambientación resulta bastante sencilla. La tienda oficial de Sidi Driss también se queda algo corta, con poco merchandising y pocas cosas realmente interesantes para comprar.

Aun así, decidimos probar una experiencia visual con gafas de realidad virtual que recreaba algunas escenas rodadas en este lugar. No era nada especialmente avanzado ni espectacular, pero si eres fan de Star Wars, probablemente te hará ilusión vivirlo igualmente.

Visita a una casa bereber troglodita de Matmata

Después de un almuerzo en el aceptable Hotel Les Berbers, nos dirigimos a visitar una auténtica casa troglodita. Aunque el Hotel Sidi Driss lo es también, está “contaminado” por el efecto Star Wars, y no se acaba apreciando tanto la construcción original. Es decir, estás trasladado al universo de George Lucas y te imaginas que ese decorado es alienígena. Por tanto, la visita a otra casa bereber troglodita del mismo estilo es necesaria para acabar de apreciar este tipo de construcción tan original a la par que antigua.

La casa troglodita está en la carretera de camino a Douz. Habitada por una familia local, te invitan a conocerla por dentro y a una ceremonia del té a su manera. El té está acompañado de miel local, pan árabe y frutos secos. Como hemos comentado antes, accedes en primer lugar a un patio o haush excavado. Y desde allí, accedes a las distintas estancias: cocina, habitaciones, salas de estar, etc. Aunque algunos huéspedes estaban tomando el té en el patio, para nosotros hacía ya demasiado calor, y optamos por una estancia interior con menor temperatura por el carácter isotérmico de la excavación.

Taoujout: el pueblo que todavía resiste

La siguiente parada fue la localidad de Taoujout (también escrito Taoudjout o Tamezret según la fuente), uno de los pueblos bereberes de montaña del área de Matmata que menos aparece en los circuitos organizados, y por esa razón merece más atención. Construido en las alturas del Dahar sobre piedra clara, con calles estrechas que se adaptan a la topografía sin ningún plan previo, es un pueblo que sigue habitado pero que no ha cedido del todo a la presión turística. La vista desde sus terrazas sobre la llanura que se extiende hacia el norte es amplia y silenciosa.

Dentro de las visitas a pueblos bereberes, Taoujout fue el que más me transmitió la cultura del pueblo amazigh de Túnez.

Los amazigh de Túnez, conocidos tradicionalmente como bereberes, son los habitantes originarios del Magreb y todavía conservan parte de su identidad en regiones del sur como Chenini, Guermessa o Matmata. Aunque durante siglos muchas comunidades fueron arabizándose, su cultura sigue visible en la arquitectura troglodita, los ksour fortificados y ciertas tradiciones del desierto. Sin embargo, el elemento más frágil y valioso de su herencia es su lengua.

El amazigh tunecino estuvo marginado durante décadas y hoy sobrevive sobre todo entre personas mayores de algunos pueblos aislados del Dahar. Muchas familias dejaron de transmitirlo a sus hijos tras la independencia de Túnez, cuando el Estado impulsó una identidad nacional principalmente árabe. Aun así, todavía pueden escucharse palabras, canciones y conversaciones en dialectos amazigh en algunas aldeas del sur, donde la lengua se ha convertido no solo en una forma de comunicación, sino también en un símbolo de memoria y resistencia cultural.

El paseo que hicimos nuestro guía Nebil y yo fui muy ilustrativo. Pudimos observar elementos que hacen referencia a este cultura; una puerta verde con el símbolo del amasij (el hombre libre), decorados con los cuatro colores del pueblo (rojo, amarillo, verde y azul) o el alfabeto amazigh con su traducción al árabe. En el recorrido, además accedimos a ksar subterráneo donde pasamos en el exterior de estar a más de 30 grados, a solo 10-15 grados en el interior de la cueva.

La guinda a este tranquilo recorrido, sin ningún turista en el horizonte, fue la visita a otra auténtica casa bereber, donde una agradable mujer nos dio un tour.

Ella nos recibió en la parte baja de la casa, donde nos enseñó una almazara que le ayudaba a prensar aceite. Normalmente, estas familias no son dueñas de los olivos y el aceite, sino que son propietarios de la almazara y cobran un canon o comisión a los propietarios del aceite por este proceso. La casa, en apariencia normal, según vas avanzando se va convirtiendo en zona de cueva, es decir, mitad es una casa corriente, y la otra mitad, está metida en la montaña. Y si quieres una habitación extra, tan solo tienes que ponerte a picar la piedra. Ojalá pudiera hacer lo mismo en la zona donde vivo y arañar unos metros cuadrados a mi piso. Al observar los decorados en la casa bereber, te das cuenta que todavía tienen cierto anclaje al pasado; la televisión es del siglo pasado, escuchan en vinilo y guardan costumbres centenarias.

Las familias bereberes de estas zonas están dedicadas a trabajos más tradicionales y artesanos: son ganaderos, trabajan el textil o compran productos frescos para hacer especias en casa, entre otros. Ya veremos, llegando a la zona de Tozeur, que una parte de la población se dedicará a la agricultura (en vez de a la ganadería) aprovechando la cantidad de manantiales naturales que afloran en esa zona.

Douz: la puerta del Sáhara (con los ojos abiertos)

Seguimos en nuestro viaje hasta llegar a la ciudad de Douz, la puerta del desierto.

Aquí conviene aclarar que Douz es un destino turístico consolidado y en parte bastante comercializado. Aunque conserva mucha magia, sorprende la cantidad de turistas que llegan para hacer excursiones en quads, 4×4 y camellos por el desierto. El entorno inmediato de las dunas accesibles desde la ciudad está jalonado de vendedores, operadores turísticos y puestos de souvenirs. No es un secreto escondido. Sin embargo, al igual que el resto del país, se nota que no ha vuelto a recuperar el esplendor turístico que tuvo hace unos años, y su “masificación” no tiene nada que ver con la que hay en Egipto o en Marruecos, por citar dos ejemplos.

Douz está al borde del Gran Erg, rodeada por las magníficas dunas movedizas de arena blanca y fina del Nefzaoua. Cuando el 4×4 supera la primera duna importante y el pueblo desaparece detrás de ti, el desierto de verdad empieza. Y el desierto de verdad no tiene masificación posible. Es demasiado grande.

El 4×4 en familia: dos horas que no se olvidan

La excursión en 4×4 por las dunas merece su propio párrafo, porque es una de esas actividades que en papel suenan a atracción turística pero en la práctica producen algo diferente. El vehículo sube dunas de hasta treinta metros de inclinación con una verticalidad que hace que los pasajeros de los asientos traseros vean solo cielo por el parabrisas. Baja por el otro lado con una velocidad que genera el mismo efecto que la primera caída de una montaña rusa. Y en los momentos llanos, cuando el 4×4 se detiene en lo alto de una duna y se apaga el motor, hay un silencio tan completo que resulta casi físico.

Dos horas con toda la familia (incluyendo las niñas pequeñas) en ese escenario producen una combinación de adrenalina y calma que es difícil de encontrar en otro sitio. La niña mayor gritaba de emoción en las bajadas. Y luego todo el mundo se queda callado mirando el horizonte de arena.

No solo fueron dos horas de subir y bajar dunas. También hay momentos en los que salíamos a la arena para tocarla, palparla y caminar descalzo. Varias de las mejores fotos del viaje las tenemos justo en estos momentos. Los colores del desierto, el horizonte y el paisaje de dunas, hace que el marco sea inigualable para inmortalizarse con la familia.

El camello: para quien quiera ir más despacio

Mientras el 4×4 ofrece la versión acelerada del desierto, el camello ofrece la versión que conocían las caravanas. El dromedario tunecino —técnicamente dromedario, con una joroba, no dos— camina a unos 6 km/h con una cadencia regular y ligeramente mecedora. A esa velocidad, el paisaje no pasa: te envuelve. La arena suena diferente cuando la pisas a lomos de un animal. El horizonte parece más cercano. Es una experiencia que, en familia, especialmente con niños, produce un tipo de felicidad tranquila, fotográfica y real que ninguna pantalla puede replicar.

Aquí dejé el protagonismo a mi hija mayor. Es una actividad que, si se quiere realizar con niños pequeños, tienen que ir siempre acompañados por la altura del camello y por la brusquedad en la subida y la bajada de este, en el que uno se debe agarrar bien. El camino subido al animal es muy tranquilo.

⚠️ Lo que nadie te dice sobre subirse a un camello

  • La subida y la bajada son el momento más inestable: el animal se levanta (o se sienta) en dos tiempos, primero las patas traseras y luego las delanteras. Agárrate bien y no te asustes.
  • La postura es incómoda pasado un rato para quien no está acostumbrado: lleva ropa que permita movimiento en la cadera
  • Negocia el precio antes de subir, no después. El estándar suele ser entre 10 y 20 DT por persona para un paseo corto
  • Los animales están bien tratados en los operadores serios. Si algo te parece mal, es perfectamente aceptable cambiar de operador

✦ Za’afaran — el atardecer que termina el día

Hay atardeceres que son bonitos. Y hay atardeceres que te detienen.


El que vimos desde Za’afaran, justo después del paseo en camello, en las dunas al sur de Douz, pertenecía a la segunda categoría. El sol del Sáhara tiene una cualidad diferente al del Mediterráneo: en el momento en que empieza a bajar hacia el horizonte de arena, se vuelve naranja de una forma que parece imposible sin filtro. No es el naranja suave del atardecer costero. Es un naranja denso, casi sólido, que tiñe la arena de ese mismo color y hace que el paisaje entero parezca encendido desde dentro.

No hay palabras que lo hagan justicia. Eso es lo que significa estar allí en familia, en silencio, mirando cómo la luz se apaga sobre el desierto más grande del mundo. Hay momentos de viaje que justifican el viaje entero. Este fue uno de ellos.

Dónde alojarse: Hotel Sahara Douz

El Hotel Sahara Douz es una buena base para explorar las dunas: bien situado, con piscina que agradeces mucho después de un día en el desierto, y con una terraza desde la que en días claros se vislumbra el perfil de las primeras dunas. No es un hotel de lujo, pero cumple con lo que necesitas después de una jornada larga: ducharte, cenar bien y dormir con el sonido del silencio. En Douz, el silencio nocturno es completo de una forma que en Europa ya casi no existe.

🍽️ Qué comer en Douz

  • Cuscús con cordero del desierto: la mejor versión en esta zona, con carne más sabrosa y especias más intensas que en el norte.
  • Dátiles deglet noor: Douz está en el corazón de la región productora. Es el mayor oasis de palmeras de Túnez, donde crecen los riquísimos dátiles diglat noor. Cómpralos directamente en el mercado, no en tiendas turísticas. Llegan a exportarlos incluso a España, donde ya he podido comprar algunas cajas.
  • Té sahariano con piñones: la versión del sur carga mucho más el té y añade piñones de pino. Es más espeso, más dulce y más energético.
  • Pan de arena (khobz el mela): pan cocido bajo la arena del desierto. Algunos operadores lo preparan durante las excursiones nocturnas. Si tienes oportunidad, pruébalo recién hecho. En el siguiente artículo, contaré una anécdota del pan de arena, que tuvimos la oportunidad de probarlo en el decorado Mos Espa de Star Wars.

Preguntas frecuentes

¿En qué se diferencia Matmata de otros pueblos trogloditas de Túnez?

La diferencia clave es la orientación. Los pueblos bereberes de montaña (Chenini, Guermassa, Toujane) excavan horizontalmente en la ladera de una roca. Matmata excava verticalmente en una llanura: baja hasta el patio central y rodea ese patio subterráneo con las habitaciones. El resultado visual es completamente distinto: en Matmata, la casa no se ve desde fuera. Solo existe cuando te asomas al borde del cráter.

¿Se puede visitar Matmata sin alojarse en el Hotel Sidi Driss?

Sí. El hotel cobra una entrada simbólica para visitantes que no pernoctan. Las casas trogloditas privadas que abren al turismo se visitan sin reserva previa, dejando propina a la familia. Calcula entre 2 y 3 horas para ver el hotel y al menos una o dos casas particulares.

¿Es Douz el mejor lugar para ver las dunas del Sáhara en Túnez?

Es el más accesible y el más organizado para actividades. Para dunas más espectaculares y menos masificadas, Ksar Ghilane (un oasis en medio del desierto, a unas 2 horas en 4×4 desde Douz) es superior. Pero para una tarde de actividades en familia sin logística compleja, Douz es imbatible.

¿Merece la pena Toujane si el itinerario ya incluye Chenini?

Son experiencias complementarias, no repetitivas. Chenini es más espectacular y tiene más capas históricas. Toujane es más íntimo, menos visitado y más auténtico en el sentido de que no ha sido adaptado al turismo masivo. Si tienes tiempo, haz los dos. Si tienes que elegir uno, elige Chenini para el impacto visual y Toujane para la autenticidad tranquila.