El trayecto de Mahé a Praslin es ya toda una experiencia en sí misma. Nosotros lo hicimos en el ferry Cat Cocos, el enlace más habitual entre las dos islas principales. El viaje dura aproximadamente una hora / hora y media, navegando en mar abierto. Conviene saberlo: el océano Índico aquí puede ser algo movido, por lo que llevar biodramina es más que recomendable para evitar mareos. El embarque es cómodo y el barco está bien equipado, pero nada quita la emoción de ver cómo poco a poco Mahé se queda atrás y la silueta verde de Praslin se acerca en el horizonte.
En Praslin elegimos alojarnos en Anse la Blague, una zona tranquila y pintoresca en la costa este, donde se pueden encontrar alojamientos con una excelente relación calidad-precio. En nuestro caso el cómodo Summer Self Catering. La verdad es que casi cualquier estancia en el este de la isla es recomendable: la comunicación en coche es fácil, las distancias son cortas y en menos de media hora puedes alcanzar prácticamente cualquier punto de la isla. Praslin se puede recorrer bien en 2 o 3 días, pero nosotros decidimos dedicarle tres días intensos para exprimirla al máximo.
Un apunte que no he mencionado en artículos anteriores es sobre el alquiler de coches. El proceso es bastante sencillo y el propio rentista nos dejaba el coche en el punto que le pedíamos. No se alquilaban a precio excesivo, pero sí que hay que tener en cuenta que el sentido de la carretera está cambiado, al heredar esta costumbre como colonia británica. Coger coche es esencial pero hay que ir con cuidado.
Introducción a Praslin
Praslin es la segunda isla más grande de Seychelles, situada a unos 45 kilómetros al noreste de Mahé, y uno de los destinos más icónicos del archipiélago. A diferencia de la bulliciosa capital, aquí reina la calma: carreteras que serpentean entre colinas cubiertas de palmeras, aldeas criollas donde la vida transcurre despacio y playas que parecen salidas de un sueño tropical.
La isla es mundialmente conocida por dos razones principales. La primera son sus playas de ensueño, como Anse Lazio o Anse Georgette, consideradas entre las más hermosas del planeta por sus arenas blancas y aguas cristalinas enmarcadas por los característicos bloques de granito. La segunda es el Valle de Mai, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, un bosque primigenio donde crece el legendario Coco de Mer, la semilla más grande del mundo y símbolo natural de Seychelles.
Praslin también es una isla práctica y fácil de recorrer: en coche puedes cruzarla en menos de media hora, lo que permite visitar en pocos días tanto sus playas más famosas como sus joyas naturales. Es un destino ideal para dedicarle 2 o 3 días, ya sea como escala entre Mahé y La Digue o como lugar donde tomarse un respiro del mundo.
Más tranquila que Mahé pero con más servicios que La Digue, Praslin representa el equilibrio perfecto entre naturaleza, exclusividad y comodidad. Una isla que resume lo mejor de Seychelles y que invita a quedarse más de lo previsto.
Día 1: Anse Lazio y Cote D’or
Comenzamos con la que para muchos es la playa más famosa de Seychelles: Anse Lazio.
Anse Lazio, una de las playas más espectaculares de Seychelles
Hablar de Anse Lazio es hablar de una de las playas más famosas del mundo, constantemente incluida en rankings de las más bellas del planeta. Situada en el extremo noroeste de Praslin, esta playa combina todos los elementos de una postal tropical perfecta: arena blanca y finísima, aguas de un turquesa translúcido y los característicos bloques de granito que se alzan como esculturas naturales en los extremos de la bahía.
Lo que diferencia a Anse Lazio de otras playas de Seychelles es su amplitud. La bahía es ancha y abierta, por lo que la playa se siente espaciosa incluso cuando recibe bastantes visitantes. Aun así, conserva un aire natural y auténtico, con vegetación que llega hasta la arena y palmeras que parecen diseñadas para ofrecer sombra al viajero.
El mar en Anse Lazio es generalmente tranquilo, ideal para nadar y flotar sin prisa. Hacia los extremos de la bahía se encuentran zonas rocosas que ofrecen un snorkel excelente: peces de colores, pequeños bancos y, con algo de suerte, incluso tortugas marinas aunque nosotros no tuvimos la suerte de ver. Es una de esas playas donde puedes pasar todo el día alternando entre el baño, la arena y la exploración submarina.
Aunque mantiene un aire virgen, Anse Lazio cuenta con servicios básicos para los visitantes. Allí mismo se encuentran el restaurante Le Chevalier y pequeños bares que sirven desde mariscos frescos hasta cócteles tropicales. Nosotros almorzamos en Le Chevalier, disfrutando de pescado fresco acompañado de ensaladas criollas, con vistas directas al mar. Es el tipo de experiencia que hace que una playa no solo sea un paisaje, sino también un recuerdo completo.
El acceso a Anse Lazio se hace en coche hasta un aparcamiento cercano y luego con un corto paseo a pie. No requiere grandes esfuerzos, lo que la convierte en una playa apta para todos los viajeros. A diferencia de otras calas más escondidas, aquí la recompensa está al alcance con facilidad, y por eso suele ser también una de las más concurridas aunque lo que se dice concurrida apenas existe en Seychelles, o al menos durante nuestra experiencia de viaje.
Côte D’or Beach: la bahía más animada de Praslin
Por la tarde, nos desplazamos a la Côte d’Or Beach, en la costa este.
Si Anse Lazio y Anse Georgette son los grandes iconos de belleza natural en Praslin, Côte d’Or Beach representa la otra cara de la isla: la de una playa amplia, accesible y con vida alrededor. Situada en la costa noreste, esta bahía de más de dos kilómetros de arena blanca es el corazón turístico de Praslin y uno de los lugares más versátiles para pasar el día.
Lo primero que llama la atención al llegar es su amplitud: una franja interminable de arena clara bordeada por palmeras y takamakas, bañada por aguas tranquilas y poco profundas. Es un lugar perfecto para caminar descalzo durante largos tramos, con la sensación de que el horizonte nunca se acaba. La pendiente suave y la protección de la bahía hacen que el mar sea muy calmado, ideal para nadar, practicar snorkel ligero o simplemente dejarse flotar. En mi caso aproveché para correr en la playa ya que tenía suficiente recorrido para hacer buen ejercicio.
A diferencia de playas más solitarias como Georgette, Côte d’Or tiene ambiente: aquí se concentran pequeños hoteles, guesthouses, bares y restaurantes frente al mar. Es habitual ver a pescadores locales regresando con sus capturas o a niños jugando en la orilla, lo que le da un aire más auténtico y cotidiano. Al mismo tiempo, el turismo internacional le aporta una cierta vitalidad, con viajeros que se mezclan con los locales en una convivencia relajada.
Actividades acuáticas
Côte d’Or también es el punto de partida de muchas excursiones: salidas en barco hacia Curieuse Island o St. Pierre, jornadas de snorkel o buceo y hasta alquiler de kayaks. Los centros de deportes acuáticos ofrecen desde paddle surf hasta pesca de altura, lo que convierte a la bahía en un hub para quienes quieren algo más que tumbarse al sol. En nuestro caso, fue el punto de partida para ir a Curieuse Island al día siguiente y seguir viendo nuevos ejemplares de tortugas gigantes de Aldabra.
Gastronomía junto al mar
La playa está flanqueada por varios restaurantes y bares con encanto. Al atardecer, muchos viajeros se sientan a cenar frente al mar, con mesas sobre la arena y platos de pescado fresco, currys criollos o mariscos a la parrilla. Es una de esas playas donde se puede pasar el día entero sin alejarse demasiado: baño, paseo, snorkel y cena bajo las estrellas.
La zona de restauración más recomendable de Praslin es la de Côte d’Or, donde prácticamente o comimos o cenamos todos los días. La Pirogue con sus famosas langostas o Le Goulue Café Creole son opciones muy buenas donde poder degustar la comida criolla de las islas Seychelles.
Día 2: Excursión a Curieuse Island
El segundo día lo dedicamos a una de las excursiones imprescindibles de Praslin: la visita a Curieuse Island.
A pocos minutos en barco desde Praslin (desde el mencionado Côte d’Or) se encuentra Curieuse Island, una de esas excursiones que no pueden faltar en un viaje a Seychelles. Esta pequeña isla, de apenas 3 km², es famosa por albergar a las tortugas gigantes de Aldabra, que aquí deambulan libremente entre manglares, senderos y playas. Verlas caminar lentamente, con su paso tranquilo y sus más de 150 kg de peso, es como retroceder en el tiempo y encontrarse con criaturas prehistóricas que han sobrevivido hasta hoy.
La isla no solo destaca por sus tortugas. Curieuse tiene un pasado curioso (de ahí su nombre): en el siglo XIX fue utilizada como colonia de leprosos, y todavía se conservan las ruinas de la antigua estación médica y algunas casas de piedra que recuerdan aquella época. Estos restos, junto con la pequeña casa colonial del doctor, forman parte de la visita y muestran otra cara de la historia de Seychelles.
Sendero entre manglares
Uno de los recorridos más recomendados es el sendero que atraviesa los manglares de la isla. Pasarelas de madera permiten caminar sobre estas zonas húmedas, donde las raíces retorcidas de los mangles emergen del agua como esculturas naturales. Es un hábitat vital para aves, peces y pequeños cangrejos, y añade un contraste perfecto al paisaje de playas.
Anse st. Jose y otras playas de postal
La excursión incluye tiempo de relax en playas vírgenes como Anse St. José, una bahía protegida de arena blanca y aguas turquesas. Aquí se puede descansar, nadar o lanzarse al snorkel, porque los arrecifes cercanos son auténticos acuarios naturales: peces loro, mariposa, rayas y, con suerte, alguna tortuga marina nadando en libertad. La tranquilidad es absoluta, sin apenas construcciones, lo que permite disfrutar de la naturaleza en estado puro.
La experiencia del esnórquel
Los alrededores de Curieuse y los islotes cercanos como St. Pierre ofrecen uno de los mejores snorkels de Seychelles. Nosotros pudimos nadar entre bancos de peces de colores, estrellas de mar y corales de distintas formas. La claridad del agua y la cercanía de la vida marina hacen que no haga falta ser un experto: con unas gafas y un tubo ya se disfruta de un espectáculo natural inolvidable.
Curieuse es gestionada como parque nacional marino y se paga una pequeña tasa de conservación al llegar. Gracias a ello, el entorno se mantiene protegido y las tortugas gigantes encuentran aquí un hábitat seguro donde prosperar. Para el visitante, la sensación es la de estar en un lugar remoto, alejado del mundo, donde la naturaleza sigue marcando el ritmo.
De vuelta en Praslin, cerramos la jornada cenando en el restaurante Le Pirogue, famoso por su ambiente relajado y su cocina criolla.
Le Pirogue: cena criolla frente al mar
Le Pirogue, situado en pleno corazón de Côte d’Or, frente a la playa, es uno de los restaurantes más conocidos y recomendados de la isla. El local debe su nombre a las tradicionales piraguas de madera que los pescadores de Seychelles han utilizado durante siglos, y que aún hoy siguen siendo un símbolo de la vida marinera en el archipiélago.
El ambiente en Le Pirogue es relajado y auténtico, con un estilo rústico que combina mesas de madera, decoración inspirada en el mar y una iluminación suave que crea un entorno íntimo al caer la tarde. Desde la terraza se puede escuchar el rumor de las olas y sentir la brisa del Índico, lo que convierte cada comida en una experiencia sensorial completa. Es el lugar ideal para terminar un día de excursiones.
La cocina criolla
La carta mezcla platos tradicionales criollos con un toque internacional. El pescado fresco es el gran protagonista: pargo rojo, mero o atún preparados al grill, marinados con especias locales y acompañados de arroz, ensaladas tropicales y chutneys. También destaca la langosta y el pulpo al curry con leche de coco, uno de los favoritos de los locales, además de langosta en temporada y opciones más ligeras como ensaladas o pasta fresca con mariscos. La cocina es abundante, casera y con productos de la isla, lo que garantiza frescura y sabor.
Para nosotros, cenar en Le Pirogue fue mucho más que comer bien: fue sumergirnos en la esencia de Seychelles, probando recetas criollas en un entorno privilegiado frente al mar. La atención es cercana y amable, lo que refuerza la sensación de estar en un restaurante familiar, pensado tanto para locales como para viajeros que buscan autenticidad.
Día 3: Valle de Mai y Anse Georgette
El último día en Praslin lo reservamos para su joya natural: el Valle de Mai.
Valle de Mai: el edén perdido de Praslin
Visitar el Valle de Mai es como entrar en un mundo aparte, un bosque primigenio que muchos han descrito como el Jardín del Edén. Situado en el corazón de Praslin, este valle fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1983 por su increíble valor natural: aquí sobrevive uno de los ecosistemas más antiguos y mejor conservados del planeta.
El gran protagonista del Valle de Mai es el Coco de Mer (Lodoicea maldivica), una palmera endémica de Seychelles que produce la semilla más grande del mundo, capaz de pesar más de 20 kg. Su forma, curiosa y sensual, ha dado lugar a leyendas que durante siglos alimentaron la imaginación de marineros y naturalistas. En este valle crece la mayor población de cocos de mer en estado silvestre, en un entorno que no ha cambiado prácticamente desde la época de los dinosaurios.
Antes de que se descubriera su origen en Seychelles, las semillas aparecían flotando en el océano Índico y eran arrastradas hasta las costas de Maldivas, India o Sri Lanka. Nadie sabía de dónde venían, y eso dio pie a leyendas fascinantes:
- Fruto del mar
Durante mucho tiempo se creyó que el Coco de Mer crecía en el fondo del océano, en palmeras submarinas misteriosas. Cuando las semillas aparecían flotando, se pensaba que habían sido arrancadas por corrientes marinas. De ahí su nombre: Coco de Mer, “coco del mar”. - La fruta prohibida
Su forma, que recuerda tanto a la silueta de caderas femeninas como a un trasero, le dio fama de fruto erótico y prohibido. En la Europa renacentista se le atribuían propiedades afrodisíacas y medicinales, y poseer uno era un símbolo de lujo y poder. Los nobles pagaban fortunas por tenerlo en sus colecciones. - El “jardín del Edén”
Algunos exploradores, al entrar en el Valle de Mai, rodeados de estos gigantescos cocoteros, creyeron estar en el Jardín del Edén bíblico. El Coco de Mer pasó a identificarse con la fruta del conocimiento, un regalo y a la vez una tentación divina. - Magia y protección
En las tradiciones locales, el Coco de Mer también ha sido considerado un talismán. Se decía que poseer una semilla protegía contra malos espíritus, y todavía hoy algunos ejemplares tallados se usan como objetos decorativos cargados de simbolismo.
Un bosque fósil
Caminar por los senderos del Valle de Mai es como retroceder millones de años. Las palmas se alzan hasta 30 metros de altura, creando un dosel que filtra la luz y deja el bosque en una penumbra verde y húmeda. Entre ellas crecen otras especies endémicas como la palmera latanier o el árbol del pan de Seychelles. El aire está cargado de humedad, el suelo cruje bajo las hojas caídas y cada rincón transmite la sensación de estar en un lugar sagrado.
Hay hojas que son tan grandes como uno mismo lo que da lugar a esconderse detrás de una sin ser visto por los paseantes.
El valle no solo destaca por su flora. Aquí habita el papagayo negro de Seychelles, una de las aves más raras del mundo, difícil de avistar pero inconfundible por su oscuro plumaje. También se encuentran lagartos endémicos, ranas diminutas y una gran variedad de aves como el bulbul o el palomar azul. Todo el ecosistema está protegido para preservar su singularidad.
La experiencia de la visita
El recorrido por el Valle de Mai puede durar entre una y dos horas, dependiendo de los senderos elegidos. Hay varias rutas circulares, todas bien señalizadas, que permiten adentrarse en el corazón del bosque. Lo ideal es tomárselo con calma, caminar despacio y dejarse envolver por la atmósfera del lugar. En algunos puntos hay paneles informativos que explican la historia y las especies, pero la magia real está en levantar la vista y contemplar la majestuosidad de las palmeras gigantes.
Después de esta inmersión en la selva, nos dirigimos a Anse Georgette, otra de las playas más bellas de Seychelles y, curiosamente, menos visitada que Anse Lazio.
Anse Georgette: un secreto bien guardado
Si Anse Lazio es la playa más famosa y fotografiada de Praslin, Anse Georgette es su contrapunto más exclusivo y escondido. Situada al noroeste de la isla, dentro de los terrenos del Constance Lemuria Resort, esta playa es de acceso público, como todas en Seychelles, pero requiere reserva previa con el hotel para poder llegar hasta ella atravesando su propiedad. Esa pequeña “barrera” hace que se conserve más tranquila, con menos visitantes, y por ello muchos la consideran un secreto bien guardado del archipiélago.
Al llegar, lo primero que sorprende es su aspecto casi virgen: una bahía enmarcada por colinas cubiertas de vegetación tropical, arena blanca que brilla al sol y un mar de un azul profundo que invita a bañarse. La ausencia de chiringuitos o construcciones le da un aire auténtico, como si fuera una playa recién descubierta.
El agua en Anse Georgette suele ser más movida que en Anse Lazio, pero en los días calmados es ideal para nadar y hacer snorkel en los extremos rocosos de la bahía. El día que fuimos el agua no invitaba a bañarse debido a la fuerza de las olas.
Para acceder, existen dos opciones: reservar con antelación al Constance Lemuria y entrar caminando por sus senderos, o llegar tras una caminata algo más exigente desde Mont Plaisir, que ofrece además vistas panorámicas de la costa. Ambas opciones tienen su encanto, pero el esfuerzo se ve recompensado por la sensación de llegar a una playa donde el número de personas rara vez es alto. Nosotros optamos por reservar en Constance Lemuria para hacer el trayecto más fácil y seguro.
La exclusividad de Anse Georgette está precisamente en esa calma: poder tumbarse en la arena con espacio de sobra, escuchar solo las olas y sentir que estás en una playa privada que en realidad es de todos. Esa atmósfera la convierte en una de las favoritas para quienes buscan un lugar especial para pasar el día, lejos de las multitudes.
Visitarla al atardecer es especialmente mágico: la luz dorada se refleja en las rocas de granito y en el mar, creando un espectáculo natural que cierra la jornada con una estampa inolvidable.
Si Anse Lazio es la playa más célebre y fotogénica de Praslin, Anse Georgette es su hermana más discreta y exclusiva. Ambas comparten la misma belleza icónica de Seychelles: arena blanca, aguas turquesas y bloques de granito que parecen esculpidos por el tiempo. La diferencia está en la experiencia: Anse Lazio es amplia, de fácil acceso en coche y con servicios cercanos, lo que la convierte en una playa perfecta para pasar el día completo, aunque también más concurrida. Anse Georgette, en cambio, es más escondida y requiere reservar el acceso a través del Constance Lemuria Resort o llegar tras una caminata, lo que limita el número de visitantes y le da un aire de “paraíso secreto”. Quien busca comodidad y ambiente vibrante disfrutará más de Anse Lazio; quien prefiera exclusividad y tranquilidad, encontrará en Anse Georgette la joya mejor guardada de Praslin.
La jornada terminó con cena en La Goulue, un restaurante sencillo pero con muy buena comida criolla, ideal para despedirse de la isla de forma auténtica.
Tras tres días de playas, excursiones y naturaleza, nos sentíamos preparados para dar el siguiente salto: la isla de La Digue, donde nos esperaba una experiencia todavía más pausada y cercana al espíritu criollo.