Hay jornadas de viaje que uno sabe, desde el momento en que despega el motor del 4×4, que van a exigir un borrador nuevo. El tipo de experiencia que obliga a tirar las palabras de antes y empezar desde cero. Y ese fue el día que comenzamos en Douz y exploramos el oasis de Tozeur y alrededores.
Partimos de Douz a primera hora de la mañana. A esa hora el sur de Túnez tiene una calidad de luz que los fotógrafos llaman hora azul, pero aquí dura más que en cualquier otro lugar del Mediterráneo, porque el desierto no tiene árboles que aceleren el amanecer. Solo arena, y después, sal. Y después, galaxias en miniatura construidas en escayola y tablones que han sobrevivido a tormentas de arena y al tiempo.
Esto es lo que encontramos ese día, y quiero mostrarlo en este artículo.
El agua que brota del desierto: manantiales artesianos y dunas que dejaron de moverse
Antes de salir de Douz, nuestro guía nos llevó a ver algo que muchos viajeros pasan por alto por considerarlo solo agua: los manantiales artesianos que alimentan la vida en los confines del Sáhara tunecino. Aunque los locales los llaman géiseres, no son aquellos que nos imaginamos del tipo islandés, con columnas de vapor espectaculares; aquí el fenómeno es más silencioso y, en cierto modo, más original.
Bajo el desierto del Sáhara existen enormes acuíferos fósiles —algunos geólogos los llaman agua antigua, porque fue precipitación de hace miles de años— que quedan atrapados bajo capas impermeables de roca. Cuando esa presión natural encuentra una grieta, o cuando se perfora un pozo, el agua sube sola hasta la superficie sin necesidad de bombearla. En esta región y durante siglos, estos manantiales han sido literalmente la razón de que existan ciudades aquí.
Dato geológico: el acuífero del Sahara Septentrional, que se extiende por Túnez, Argelia y Libia, es uno de los mayores depósitos de agua subterránea del mundo. Parte de esa agua tiene entre 10.000 y 30.000 años de antigüedad, precipitada cuando el Sáhara todavía era más húmedo que hoy. Hoy impulsa la agricultura de oasis de toda la región.
Las dunas que se quedaron quietas para siempre
A poca distancia de Douz, en los márgenes del Erg Oriental, la naturaleza nos dejó una paradoja visible: dunas que hace milenios decidieron dejar de viajar.
Las llamadas dunas petrificadas o yardangs son estructuras de arena que en un periodo húmedo del pasado quedaron saturadas de agua cargada en calcio y magnesio. Al evaporarse lentamente, esos minerales precipitaron entre los granos de arena y los soldaron entre sí, creando una especie de arenisca porosa. El resultado es una duna que tiene la forma exacta que tenía hace decenas de miles de años, pero que ya no se mueve: el viento la erosiona superficialmente, pero no puede desplazarla.
Caminar sobre ellas tiene algo de vértigo temporal. Estás pisando el Sáhara de otra era geológica.
Chott el Jerid: el mar que se convirtió en sal
| 5.000–7.000 | 250 km | 50°C | Ramsar |
| km² de extensión | de este a oeste | máxima en verano | desde 2007 |
Antes de cruzar el Chott, conviene entender qué es exactamente este lago salado, muy pocas veces con agua, pero la mayor parte del tiempo seco. Chott el Jerid —en árabe, «laguna de la tierra de las palmeras»— no es un lago en el sentido convencional. Es una depresión tectónica que hace millones de años estuvo conectada al Mar Mediterráneo. Los movimientos de las placas la fueron aislando progresivamente hasta convertirla en lo que es hoy: la mayor superficie salina del Sáhara, con entre cinco mil y siete mil kilómetros cuadrados según la fuente.
El clima hace el resto: con precipitaciones anuales por debajo de 100 mm y temperaturas que superan los 40 grados en verano, cualquier agua que llega al Chott —lluvia esporádica, escorrentías, filtraciones— se evapora antes de que puedas sacar la cámara. Lo que queda es sal. Y sal. Y más sal.
Patrimonio natural
El Chott el Jerid fue declarado Sitio Ramsar el 7 de noviembre de 2007, reconocimiento internacional de su importancia como humedal —aunque parezca paradójico llamarlo así—. El Gobierno tunecino lo ha propuesto también para la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Cruzar el lago: la carretera que atraviesa la nada
Una carretera a modo de dique cruza el Chott de norte a sur. Conducir por ella es una experiencia sensorial sin equivalente en Europa (quizá podría recordar algo al lejano salar de Uyuni). A ambos lados, la superficie cambia de color cada kilómetro: blanco cegador donde la sal está seca, amarillo crema donde tiene algo de humedad, verde grisáceo donde los minerales se mezclan, rosa pálido donde hay cristalizaciones particulares de sulfatos. A veces, un marrón oxidado donde el subsuelo tiene hierro.
En el coche se circula a una velocidad más rápida de la que me hubiera gustado para poder degustar esa paleta de colores extraordinarios. Quizá lo ideal sería circular lentamente en bicicleta, aunque no vi a ninguno en la calzada.
Por último, están los espejismos. El calentamiento desigual de las capas de aire produce el fenómeno de la Fata Morgana: en el horizonte, las dunas parecen flotar sobre un espejo de agua perfecta. Casas que no existen. Palmeras que se duplican. Un autobús abandonado a mitad del lago —real, oxidado, misterioso— que desde la distancia parece estar navegando. La mente insiste en que el agua es real. Los ojos mienten.
«La alta salinidad lo convierte en un mundo sin vida vegetal. Pisar el Chott seco se parece, dicen los geólogos, a caminar por Marte.»
En los bordes de la carretera aparecen vendedores con mesas improvisadas. Venden rosas del desierto: como ya vimos en artículos anteriores, no son plantas sino formaciones cristalinas de yeso y arena que se generan cuando capas alternas de estos materiales se saturan de agua y luego se secan, creando estructuras en forma de pétalos. Son el mejor recuerdo del Chott, y en general de Túnez, más auténtico que cualquier imán de nevera. Cada rosa puede costar entre 2-3 euros.
Sidi Bouhlel: el cañón donde nació Tatooine
Aunque he dedicado un artículo entero a desarrollar la temática de Star Wars en Túnez, me gusta repasar en este itinerario algunos de los puntos que vimos durante este día, y que han trascendido a la historia del cine.
Localización cinematográfica
El cañón de Sidi Bouhlel apareció en Star Wars: Episodio IV — Una Nueva Esperanza (1977) como los Eriales de Jundland, escenario del primer encuentro entre Luke Skywalker y Obi-Wan Kenobi, y del secuestro de R2-D2 por los Jawas. Volvió a usarse en La Amenaza Fantasma (1999) para una emboscada Tusken. También sirvió de locación en El Paciente Inglés.
A unos diez kilómetros al noreste de Tozeur, la carretera empieza a levantar paredes. Sin previo aviso, el llano desértico cede a un desfiladero de roca sedimentaria color teja, con estratos que van del ocre al morado pasando por el gris pizarra. Esto es el cañón de Sidi Bouhlel, o Jebel Sidi Bouhlel, o, como lo conocen millones de personas en el mundo: el Cañón de Star Wars.
El lugar se formó durante el Paleozoico, cuando esta región era el fondo de un mar interior. Las capas de sedimento se acumularon durante eones y el agua y el viento hicieron el trabajo de escultura durante millones de años más. El resultado es un cañón de unos tres kilómetros de longitud con paredes que en algunos puntos superan los treinta metros de altura.
George Lucas llegó aquí en marzo de 1976. Buscaba un desierto que se pareciera a «otro mundo» sin necesitar grandes efectos especiales. Lo encontró. El paisaje de Sidi Bouhlel no parece terrestre. Parece, efectivamente, de una galaxia muy, muy lejana.
Caminar por el cañón hoy —sin turistas masificados, sin entradas, sin vallados— tiene algo de peregrinación laica. Reconoces el ángulo de la roca donde Obi-Wan encontró a Luke inconsciente. Reconoces la sombra particular que produce la pared donde los Jawas atraparon a R2-D2. Y el desierto, indiferente y magnífico, no hace ningún esfuerzo especial para impresionarte.
Es recomendable evitar las horas del día con más calor porque el cañón hace efecto horno, y es conveniente evitarlo. Nosotros fuimos con dos niñas pequeñas a mediados de abril y la temperatura era considerable por lo que buscábamos la sombra, e hidratarnos continuamente.
Pudimos recorrerlo prácticamente solos, sin masificación turística. También me sorprendió que en parte de la entrada del cañón había restos de basura desperdigados por el camino, algo que a la vista molestaba al tratarse un paraje tan natural. Quizá la falta de un puesto que cobre una entrada simbólica o alguien que vigile da lugar a personal con comportamientos más incívicos.
Tozeur: la ciudad que bebe de 200 manantiales
Después de un café rápido en Café Al Alia de un poblado cercano, nos dirigimos por fin a la ciudad de Tozeur.
A primera vista, Tozeur podría pasar por una ciudad del sur europeo si no fuera por el calor y el olor a dátiles secos. Tiene entre 37.000 y 40.000 habitantes, un aeropuerto internacional, hoteles de lujo, zocos perfectamente organizados para el turismo y una medina con una arquitectura muy particular.
Historia del lugar
Tozeur fue asentamiento romano —los cartógrafos la llamaban Thusuros—, guarnición del Imperio para vigilar el límite sur. Su historia escrita se remonta al tercer milenio antes de Cristo. En el siglo XIII, el matemático e historiador Ibn Chabbat diseñó el sistema de distribución de agua que, con ajustes, sigue funcionando hoy: un código hidráulico que asignaba a cada familia una fracción proporcional del caudal según el número de palmeras.
Esta región fue poblada antaño por pueblos de raza negra en su condición de esclavos. Cuando se abolió, gran parte de esa población se quedó aquí y formaron tribus. Hay bereberes, hay amazigh, hay touaregs y blancos de Arabia. Una mezcla muy cosmopolita.
Hoy en día, uno de sus principales problemas es la desertización del lugar. Cuando podan legalmente las palmeras, los ayuntamientos suelen comprar la madera para usar estacas, parando así el avance de las dunas para poder seguir preservando el oasis.
El palmeral: 400.000 árboles y el dátil más famoso del mundo
El oasis de Tozeur tiene una superficie de más de mil hectáreas. Dentro de ese perímetro viven unas 400.000 palmeras datileras, más árboles frutales —higueras, granados, albaricoques, plátanos— que medran a la sombra de las palmeras aprovechando la humedad que estas concentran en el suelo. Es una agricultura en tres niveles verticales, una solución milenaria para aprovechar al máximo cada gota de agua y cada rayo de sol en un entorno hostil. En el primer nivel nos encontraríamos la palmera, en segundo nivel los frutales, y en el último las hortalizas.
El agua llega desde unos 200-250 manantiales y pozos artesianos que producen juntos unos 700 litros por segundo. Desde el mirador de Ras el Ain se puede ver cómo esos manantiales convergen en un pequeño río que recorre el palmeral y se agota en el borde del Chott el Jerid. El ciclo es perfecto: el agua nace, riega, nutre y desaparece.
Hay un repartidor de agua que tiene que jurar sobre el Corán para ser equitativo. El turno de agua puede variar, y tocarte de madrugada (un sistema parecido de eficiencia en el sistema hidráulico lo vimos recientemente en Omán). Aquí cada minuto del esencial líquido elemento cuenta. No para nunca. Hay una figura que se llama el Quintero, que básicamente, es un jardinero que cuida las tierras y es contratado por la familia, cobrando una quinta parte de las ganancias (de ahí el nombre).
El producto estrella es el dátil Deglet Nour —«dedo de luz»—, una variedad semitransparente de sabor aromático y textura casi mantequillosa que solo crece en condiciones muy específicas de calor y agua. Tozeur produce entre 25.000 y 30.000 toneladas al año.
La calesa por el palmeral: moverse al ritmo del agua
Una de las maneras más originales de entender el palmeral es en calesa —y la única que permite al viajero detenerse en los canales de irrigación, en las parcelas familiares separadas por muros de adobe y cactus, en los trabajadores que polinizan a mano cada palmera trepando a ellas con una destreza que asombra. El trote del caballo impone un ritmo con algo más de pausa que el turismo moderno parece que ha olvidado.
Durante el recorrido, el guía local explica la polinización manual: las palmeras datileras tienen sexos separados y en el oasis la naturaleza no puede hacer su trabajo sola a la escala necesaria. Trabajadores especializados (como el que vemos en el vídeo de demostración en directo) recogen el polen de las palmeras macho, trepan a las hembras y lo aplican directamente en los racimos de las hembras (las palmeras macho no producen dátiles). Naturalmente, la polinización se lleva a cabo por el viento o por el efecto de animales o insectos, pero no quieren arriesgar un descenso en la cosecha.
Prácticamente, sin ese trabajo artesanal, no habría Deglet Nour.
El Ksar Rouge: almorzar con vistas al Sáhara
En las alturas del oasis de Tozeur, con el palmeral desplegado abajo y el Chott el Jerid insinuándose en el horizonte como un fantasma blanco, el Hotel Ksar Rouge es un edificio que toma en serio la arquitectura del sur tunecino.
Su nombre lo dice todo: «el castillo rojo». La fachada reproduce los patrones geométricos de ladrillo cocido que caracterizan la medina de Tozeur —un sistema decorativo único en el mundo islámico, que convierte los muros en mosaicos de sombras y luces según la hora del día. El interior mantiene esa coherencia: patios frescos, galerías que filtran el sol, habitaciones amplias orientadas al jardín.
El almuerzo aquí es tunecino de verdad: brik crujiente relleno de huevo y atún, ensaladas mechouia con pimientos asados, cuscús con verduras del oasis, makroudh de dátiles para terminar. En este caso volvimos a optar por opción más ligera de pescado de segundo.
Consejo práctico
El Ksar Rouge está a 3 km del centro de Tozeur y a apenas 10 minutos del aeropuerto. Si planeas la ruta que describimos en este artículo, es un punto de partida ideal: organizan excursiones propias a Chebika, Tamerza y Ong Jmal, y disponen de piscina exterior e interior climatizada para la vuelta del día (si llegas a tiempo).
Chebika y Tamerza: oasis de montaña en el borde del mundo
Después de comer, la tarde no descansa. Tomamos la carretera hacia el norte, hacia las estribaciones del Atlas sahariano, donde el paisaje cambia de registro de forma radical: ya no es la planicie infinita del Jerid sino un paisaje de gargantas y barrancos en el que el agua —sorprendentemente, insólitamente— vuelve a aparecer.
Chebika: el oasis que los romanos llamaban Ad Speculum
Chebika fue en la Antigüedad romana un puesto de guarnición conocido como Ad Speculum —«junto al espejo», probablemente en referencia a la superficie del manantial que brota aquí. Los romanos ya sabían aprovechar el agua que mana de las grietas de la roca caliza.
El pueblo bereber que existía aquí fue inundado y destruido en las grandes lluvias de la década de 1960, que en el sur de Túnez causaron daños catastróficos. Lo que queda del pueblo viejo —casas de adobe a medio derrumbar, caminadas por cabras— contrasta con el oasis que sigue vivo abajo: una rendija verde en la roca, con una pequeña cascada, una poza esmeralda y palmeras que crecen apretadas como si se protegieran entre sí del calor. En las rocas del entorno se pueden encontrar estratos fosilizados de organismos marinos de hace cientos de millones de años. El mar estuvo aquí antes que el desierto.
El camino que realizamos comprende un paseo por las antiguas casas del pueblo, una subida pronunciada que pudimos realizar de forma segura cargando a las niñas, y un tramo final por la parte del oasis / manantial que sin duda merece la pena. Nuestro guía Nebil fue hábil al realizar el recorrido en el sentido contrario por lo que pudimos esquivar (aquí sí) las masas turísticas.
La cascada de Tamerza: el agua que no debería existir
A unos kilómetros más hacia el noroeste, Tamerza —el oasis más grande de la región— ofrece un espectáculo diferente: una cascada de varios metros que cae sobre una garganta ocre con la frialdad y la determinación de quien no ha leído el pronóstico meteorológico del desierto.
Ver caer agua aquí, entre rocas de color ladrillo y arena, rodeados de temperatura y sequedad, produce un efecto casi de incredulidad. El contraste es tan absoluto que el cerebro tarda un momento en procesar que lo que ve es real. Los manantiales de montaña que alimentan Tamerza están conectados con capas freáticas de las estribaciones del Atlas, y producen agua todo el año independientemente de las lluvias superficiales.
El pueblo antiguo de Tamerza, como el de Chebika, quedó destruido en las inundaciones de los años sesenta. Llama la atención la cercanía de estos dos asentamientos con el país de Argelia (a tan solo unos pocos km de Tamerza).
Dunas, Ong Jmal y Mos Espa: el atardecer más épico del Sáhara
De vuelta hacia Tozeur, con la tarde ya inclinándose hacia el oro, el plan cambia de naturaleza. Dejamos el asfalto. El 4×4 comienza a escalar dunas.
El desierto de dunas que rodea Nefta y el área de Ong Jmal tiene una escala que ninguna fotografía transmite bien. Las dunas no son colinas suaves: son montañas de arena movediza, con vertientes en las que el coche sube en diagonal y la arena se desplaza bajo las ruedas con una sensación que oscila entre el vértigo y la risa. Hay que aferrarse y confiar en el conductor.
Justo antes de llegar a Ong Jmal pudimos ver en el horizonte, los restos del decorado de la película Oro Negro (2011) protagonizada, entre otros, por Antonio Banderas.
Ong Jmal: el cuello de camello que domina el horizonte
Ong Jmal —«el cuello del camello» en árabe— es una formación rocosa que se eleva sobre el mar de dunas como una proa de barco. El desierto llega hasta donde la vista puede alcanzar en todas las direcciones. Las dunas tienen colores que cambian según el ángulo del sol: dorado, naranja, rosa, sombra azul. El silencio, aquí, tiene peso físico.
En este lugar se han rodado varias películas, en particular donde aterriza y lucha Darth Maul en la Amenaza Fantasma de 1999 o el Paciente Inglés de 1996. El 4×4 te deja en la base y el camino consiste en escalar un montículo hasta llegar a una parte que tiene forma de cuello de camello. Las vistas desde allí son auténticamente excepcionales y vale la pena quedarse en silencio contemplando el horizonte.
Mi familia decidió no acompañarme, y mi hija se retrató con un encantador zorro blanco del desierto.
Mos Espa: el decorado que sobrevivió al desierto
A unos cuarenta kilómetros de Tozeur, en mitad de ese desierto de dunas, un puñado de construcciones de yeso y adobe con cúpulas blancas parece surgir directamente del suelo. Es Mos Espa: el astropuerto del planeta Tatooine construido en 1999 para Star Wars: La Amenaza Fantasma. El lugar donde Anakin Skywalker trabajaba como esclavo del chatarrero Watto y donde empezó toda la saga.
Historia del set
El decorado de Mos Espa fue construido desde cero en el desierto de Nefta. Una agresiva tormenta de arena destruyó parte de las estructuras durante el rodaje y retrasó la producción varios días. Tras el filme, el set fue abandonado in situ. Durante años las dunas amenazaron con engullirlo —avanzaban hasta 15 metros al año— hasta que la campaña internacional #SaveMosEspa logró financiar trabajos de protección que deberían darle un respiro de entre ocho y diez años. La visita es gratuita y el acceso se realiza en 4×4 a través de las dunas. Más información sobre Star Wars en Túnez puedes encontrarla aquí.
El set tiene algo de ruina arqueológica involuntaria. Las estructuras de escayola se erosionan lentamente. Los colores se han deslavado. Algunos edificios tienen grietas que dejan ver la estructura de madera interior. Y sin embargo, la ilusión se sostiene: caminando por sus callejones de cúpulas y arcos, entre vendedores de recuerdos que ofrecen rosas del desierto y fotos con dromedarios, uno puede entender perfectamente por qué George Lucas eligió este paisaje para ambientar el hogar de Darth Vader.
Como dato curioso, nos hicieron una demostración de cocina del pan del desierto en Túnez. Es conocido tradicionalmente como Mella (o Kesra), es una hogaza rústica elaborada con sémola de trigo, agua, aceite de oliva y sal, sin levadura añadida. En este caso, un beduino nos lo cocinó de forma espectacular enterrando la masa directamente en la arena caliente y cubriéndola con brasas ardientes hasta lograr una corteza crujiente y ahumada
Nos quedamos hasta el último minuto de luz.
«El sol cayó detrás de las dunas exactamente como en la escena de Luke mirando los dos soles de Tatooine. Solo faltaba la música de John Williams.»
El atardecer sahariano no tiene atajos ni filtros. La luz pasa del dorado al naranja al rosa al violeta en una progresión de unos veinte minutos que parece calculada para que el ojo humano la pueda procesar. Las dunas de Ong Jmal se convirtieron en siluetas negras. Las cúpulas de Mos Espa ardieron en ámbar. Y a nuestro alrededor, el desierto más antiguo del mundo siguió siendo exactamente lo mismo que ha sido siempre: inmenso, indiferente, absolutamente hermoso.
Preguntas frecuentes sobre esta ruta
¿Cuánto tiempo se necesita para esta ruta completa?
La ruta que describimos —de Douz a Mos Espa pasando por el Chott, Sidi Bouhlel, el palmeral de Tozeur, Chebika y Tamerza— es una jornada completa de unas 12–14 horas si se hace sin prisa. La mayoría de los viajeros la dividen en dos días: el primero desde Douz hasta Tozeur con parada en el Chott y Sidi Bouhlel; el segundo con el palmeral, los oasis de montaña y la tarde en Ong Jmal y Mos Espa.
¿Es necesario un 4×4 para toda la ruta?
No para toda la ruta, pero sí imprescindible para los tramos de desierto de arena: el acceso a Mos Espa a través de las dunas de Ong Jmal y, en algunos casos, el acceso a Chebika. El Chott el Jerid se cruza por una carretera asfaltada en perfecto estado. Para el palmeral de Tozeur, la calesa es la opción más recomendada.
¿Cuál es la mejor época para visitar el sur de Túnez?
Octubre a abril es la ventana ideal. Los veranos en el Jerid superan los 45°C y el Chott en pleno agosto es literalmente inhóspito para el turismo. De noviembre a marzo las temperaturas son agradables (15–25°C de día), la luz es espectacular y las posibilidades de ver el Chott con algo de agua —lo que multiplica los colores— son mayores.
¿Se puede visitar Mos Espa de forma independiente?
Sí, aunque el acceso a través de las dunas exige vehículo 4×4 o una excursión organizada desde Tozeur o Nefta. Hay también una ruta alternativa por pista de tierra con coche convencional de tracción alta, pero no está señalizada y es fácil perderse. La entrada al set es gratuita; en el exterior encontrarás vendedores de recuerdos y posibilidad de fotos con dromedario.
¿Qué es exactamente un Chott? ¿Es peligroso pisarlo?
Un chott es una depresión salina interior, un lago evaporado. La costra de sal del Chott el Jerid es, en la mayoría de los puntos junto a la carretera, lo suficientemente dura para caminar sobre ella. Sin embargo, hay zonas donde la costra cubre barro o agua salobre y puede hundirse, así que nunca conviene alejarse mucho de la carretera ni caminar solo por zonas que no se han inspeccionado previamente.
Nosotros quisimos ir al exterior de la casa de los Lars de Star Wars (una construcción situada sobre el propio Chott). Sin embargo, las lluvias de la última semana no hacía conveniente su visita, y además, acabamos el día sin prácticamente tiempo para más.
¿Vale la pena contratar un guía local para esta ruta?
Sí, especialmente para los tramos de desierto y para el palmeral de Tozeur. Los guías locales conocen los puntos menos frecuentados del Chott, los mejores ángulos del cañón de Sidi Bouhlel, los manantiales históricos y —crucialmente— conducen los 4×4 con una seguridad que conviene no subestimar en las dunas de Ong Jmal.




